Los olvidados: Entrevista con Tim Tzouliadis

Historia

Los olvidadosTim Tzouliadis ha escrito un libro tan maravilloso como triste. Los olvidados (Debate) detalla la historia de los cientos, miles de norteamericanos que en la década de los 30, cuando Estados Unidos sufría la Gran Depresión, emigraron a Rusia creyendo que el modelo soviético les aseguraría un techo bajo el que cobijarse. Se equivocaron.

Tras unos primeros años cegados por el espejismo soviético, aquellos emigrantes fueron encarcelados, torturados y enviados a los ‘campos de trabajo’ de Siberia, donde morirían casi todos.

Los que acudieron a la Embajada de Estados Unidos en Moscú solicitando ayuda, se encontraron con una realidad igual de dura: ya no se les consideraba norteamericanos y, en consecuencia, su destino no importaba a nadie. Así fue como se convirtieron en ‘Los olvidados’.

Los olvidados es uno de los ensayos más tristes de cuantos pueden ser leídos en la actualidad. Todas las personas de las que usted habla no solo son ‘los olvidados’ por su condición de norteamericanos en la Rusia de Stalin, sino también por haber terminado sus días en los ‘campos de la muerte’. ¿Qué se recuerda en Estados Unidos de aquellos hombres y mujeres?

Sin duda, la odisea de los emigrantes norteamericanos que fueron a Rusia buscando una vida mejor, y que acabaron encontrando algo muy distinto, es una historia francamente dolorosa. Probablemente, la tristeza es la mayor de las emociones que uno puede sentir al leer sus biografías, pero hay muchas otras: incredulidad ante el grado de sufrimiento infligido, cólera ante el hecho de que fueran tratados de semejante modo y admiración ante el coraje de los supervivientes.

Muy pocos sobrevivieron al Terror estalinista y algunos sobrevivieron milagrosamente a los ‘campos de la muerte’, regresando y contando sus historias posteriormente. Algunos de esos supervivientes lucharon para que su sufrimiento fuera conocido por la opinión pública, mientras que para otros se convirtió en una carga insoportable.

Por desgracia, la memoria colectiva de la emigración norteamericana ha desaparecido. Muy pocos países han mantenido la memoria viva de quienes abandonaron su territorio, y esto se nota con más intensidad en el caso de quienes decidieron abandonar el Sueño Americano en busca de algo todavía más utópico.

Además, los emigrantes norteamericanos llegaron a Rusia antes de que el gobierno estadounidense reconociera la existencia de la URSS. Por eso fueron abandonados por ambos bloques. De alguna manera, se convirtieron en una vergüenza para la diplomacia estadounidense, en una curiosidad que se dejó caer entre los intersticios de la historia.

La emigración norteamericana en Rusia tuvo lugar durante la Gran Depresión, pero sorprende que hubiera americanos que renunciaran al Sueño Americano para acogerse al Sueño Ruso. Usted explica que en aquella época muchos norteamericanos estaban convencidos de que el Experimento Ruso era posible, mientras que el Sueño Americano ya estaba espiritualmente muerto. ¿Qué ofreció Rusia a todos esos emigrantes?

Cuando la Gran Depresión alcanzó su punto álgido, el capitalismo estadounidense parecía estar dando sus últimos pasos. Un cuarto de la mano de obra estaba en el paro y en muchos hogares sólo trabajaba un miembro de la familia.

Los agricultores perdían sus tierras, los bancos se colapsaban haciendo que sus clientes perdieran sus ahorros, mucha gente dormía en los hornos de coque que habían cerrado por la crisis… Y, a principios de la década de los 30, la conciencia económica se había inclinado hacia la izquierda.

El modelo soviético prometía la salvación, algo que quizás ahora, desde nuestra perspectiva, nos sorprende, pero no en aquella época. Por ejemplo, en 1931 un libro infantil en el que se explicaba el Plan Quinquenal se mantuvo en la listas de más vendidos durante meses.

Mucha gente quería creer en un sistema alternativo de trabajo y un montón de trabajadores decidieron cruzar el océano para encontrarlo. Rusia era la respuesta a cuantos desearan un trabajo estable, un techo bajo el que dormir, tres comidas al día, un médico para sus hijos…

En 1931, cien mil norteamericanos habían pedido permiso para emigrar a Rusia. ¿Fue aquella la mayor emigración que ha tenido Estados Unidos en toda su historia?

 El New York Times publicó que ese año había habido cien mil peticiones de emigración a la Soviet Trade Organization, conocida como Amtorg, que había abierto oficinas en Manhattan y que ofreció cinco mil empleos en Rusia, con el trasporte pagado, para trabajadores norteamericanos especializados.

Así pues, los cinco mil trabajadores seleccionados pensaron que les había tocado la lotería, sin ocurrírseles que en verdad los más afortunados eran los rechazados. Otros trabajadores abandonaron Norteamérica con visados de turista, a la espera de encontrar trabajo cuando llegaran a Rusia. Quizás ha habido emigraciones mayores a lo largo de la historia de Norteamérica, pero ninguna ha sido ideológicamente tan significativa.

Además, nunca antes habían salido de Estados Unidos más personas de las que entraban. Por otra parte, muchos trabajadores se creyeron los discursos dados por muchos intelectuales que habían visitado la Rusia soviética. Esos intelectuales hicieron llamamientos para crear una nueva sociedad.

Me refiero, entre otros, a George Bernard Shaw, quien aseguró en la radio nacional norteamericana que el capitalismo estaba en bancarrota y que sólo el barco ruso navegaba sin sobrepeso.

Stalin jugó un gran papel a la hora de animar a los norteamericanos a emigrar, asegurando que la economía rusa estaba saneada. Pero al mismo tiempo imitó el modelo de producción estadounidense, como demuestra el hecho de que pusiera tantas facilidades para que Ford se instalara en Rusia. Además, usted afirma que a Stalin le gustaba ‘comprar estilo americano’. ¿Qué rendimiento político obtuvo de aquella emigración?

Para mí fue una sorpresa descubrir que Henry Ford invirtió millones de dólares en la Rusia de Stalin. También me asombró descubrir que el plan de industrialización soviética pasaba por copiar el modelo americano, así como que muchos trabajadores y expertos fueran importados junto con las fábricas que se instalaban en Rusia.

Stalin dijo en varias ocasiones que América tenía mucho que enseñar a la URSS e incluso alabó su aspiración democrática, en claro contrate con el viejo imperialismo de las naciones europeas. Lógicamente, cuando los trabajadores norteamericanos llegaron a Rusia, el aparato propagandístico soviético se aprovechó, llegando a escribirse artículos en prensa con titulares como ‘Moscú: el imán’, en los que básicamente se ensalzaba la capacidad de Rusia para atraer a trabajadores de todo el mundo, lo cual demostraba el éxito del factor humano en el modelo soviético.

En Los olvidados usted focaliza en los casos particulares de muchos trabajadores americanos. Empezando por aquellos que montaron una liga de béisbol en Moscú y terminando por los que acabaron muriendo en el Gulag. ¿Cuál de todas esas historias le impactó más?

Lo cierto es que me sentí conmovido por muchas de aquellas historias. Por poner un ejemplo, me impresionó la del capitán del equipo de béisbol en Moscú. También las de los hombres que fueron ejecutados en Butovo, un ‘campo de la muerte’ situado a las afueras de Moscú donde fueron ejecutados miles de trabajadores durante 1937 y 1938.

En la actualidad hay un monumento a las víctimas enterradas en largas hileras bajo los manzanos. El destino de los trabajadores de factorías de automóviles también es desgarrador.

Por ejemplo, el padre de uno de los jugadores de béisbol del equipo norteamericano era un funcionario sindicalista que había trabajado para Henry Ford en Detroit y que, cuando llegó a Rusia, fue puesto como ejemplo por la prensa soviética para demostrar la capacidad de aquella sociedad a la hora de acoger a todo el mundo, de crecer en colaboración con otras naciones, de mejorar los sistemas de producción… Pocos años después fue arrestado y asesinado.

En los archivos todavía existen cartas en las que los familiares preguntan por los paraderos de los desaparecidos, así como otros objetos más emotivos, como ese trozo de madera que alguien logró sacar de un ‘campo de la muerte’ del Gulag y que llegaba la siguiente inscripción: ‘Sálvenme, por favor. A mí y a todos los demás’.

De todas formas, el material más efectivo a la hora de comprender el sufrimiento son las fotografías de los niños polacos que sobrevivieron a los ‘campos de la muerte’ y que fueron enviados a Irán durante la guerra. Esos niños son piel y huesos. Y tienen una mirada misteriosamente desesperada.

Usted ha acusado a las autoridades norteamericanas y a los periodistas de la época de haber abandonado a los trabajadores que pidieron ayuda para evitar morir en manos de la policía secreta soviética. ¿Cree que aquellos trabajadores americanos fueron traicionados por la diplomacia de su país?

La mayor parte de los emigrantes americanos llegaron a la URS a principios de la década de los 30, antes de que el gobierno de Roosevelt reconociera el gobierno soviético y antes también de que se creara una embajada estadounidense en Moscú. Pero, antes de que ocurrieran esas dos cosas, muchos trabajadores norteamericanos ya pedían visados para regresar a Estados Unidos.

Sin embargo, la diplomacia estadounidense no estaba preparada para dar respuesta a todas esas peticiones de regreso, entre otras cosas porque muchos exiliados habían sido obligados a aceptar la nacionalidad soviética. Así pues, había una renuencia por parte de los diplomáticos estadounidenses a ayudar a ese colectivo que, además, era visto como izquierdista, radical y sindicalista.

Esa renuencia a veces fue explícita, como demuestran los telegramas enviados desde Washington a los diplomáticos. Cuando empezó la época del Terror soviético, los trabajadores norteamericanos empezaron a ser detenidos por el NKVD tan pronto como salían de la embajada norteamericana. Y los diplomáticos lo sabían, ya que muchos emigrantes paraban el coche del embajador para pedir su intervención.

En aquel entonces, Joseph Davies, embajador norteamericano en Rusia, estaba más preocupado por cultivar la amistad con Stalin que por cualquier otra cosa, ya que quería conseguir que se aliara con Estados Unidos contra la Alemania nazi. Así fue como miles de emigrantes pasaron al olvido. ¿Podemos llamar a esto traición? Un funcionario norteamericano describió a esos norteamericanos olvidados como ‘restos flotantes y tirados sobre el mar de la vida. Nacen, viven y mueren, y sus existencias no tienen ningún efecto sobre los gobiernos o autoridades’.

Una noche, Marjorie Davis, esposa del embajador, escuchó disparos y gritos desde su dormitorio en Moscú. Entonces despertó a su marido para preguntarle qué estaba ocurriendo y él le respondió: ‘Sólo están construyendo el metro’. Marjorie contó esto años después, en la década de los 60, cuando ya se había divorciado de su marido.

Usted ha hecho un enorme trabajo de investigación. ¿Cuál fue su principal fuente de información?

Las fuentes han sido muy variadas. En primer lugar, habría que destacar los archivos estatales rusos, donde dormitaban cientos de documentos con información sustancial.

También estaban los archivos de la NKVD, que fueron accesibles durante un corto periodo de tiempo a principios de la década de los 90. Allí encontré ‘confesiones’ de norteamericanos detenidos e interrogados. Pero el material más útil estaba en los Archivos Nacionales de Washington DC, donde localicé documentos de los funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores que trabajaban en la URSS, así como cartas y memorias de supervivientes.

En Los olvidados usted también habla de los ciudadanos de otros países que recalaron igualmente en la Rusia soviética: alemanes, italianos, griegos, austríacos, franceses y españoles, principalmente. Algunos escritores españoles han hecho grandes labores para recuperar la memoria de nuestros conciudadanos exiliados en Rusia a causa de la Guerra Civil Española. ¿Ha encontrado usted información sobre el destino de esos hombres, mujeres y niños?

Sí, pero no he puesto el foco sobre ellos, porque yo investigaba otra cosa. Recuerdo una autobiografía muy interesante, escrita por ‘El campesino’, en la que se narraban unos acontecimientos muy dramáticos ocurridos durante su huida del Gulag y de la URSS.

En 1950, tras la época del deshielo iniciada por Khrushchev, miles de extranjeros fueron liberados de los campos del Gulag y muchos cruzaron el Telón de Acero. Algunas de esas personas fueron entrevistadas por oficiales de las Fuerzas Aéreas norteamericanas y sus descripciones de la vida en los ‘campos de la muerte’ fueron transcritas y archivadas bajo el nombre de ‘Wringer Reports’. Allí aparecen testimonios de ciudadanos de todo el planeta, dado que el Gulag fue una especie de empresa internacional.

Por supuesto, entre esos supervivientes se encontraban prisioneros de la ‘División Azul’ de Franco, quienes sufrieron la misma represión que los españoles de izquierdas que viajaron a la URSS. Porque el estalinismo encarceló y mató a gente de ambos lados de la Guerra Civil Española. Era la lógica de un sistema totalitario que consideraba a todo el mundo sospechoso. Basta recordar las palabras del disidente soviético Daniel Sinyavsky: ‘nosotros matamos y matamos y matamos’.

Copyright © Álvaro Colomer, Debate. Cortesía del departamento de prensa de Random House Mondadori. Reservados todos los derechos.


Tim Tzouliadis ha escrito un libro tan maravilloso como triste. Los olvidados (Debate) detalla la historia de los cientos, miles de norteamericanos que en la década de los 30, cuando Estados Unidos sufría la Gran Depresión, emigraron a Rusia creyendo que el modelo soviético les aseguraría un techo bajo el que cobijarse. Se equivocaron.

Tras unos primeros años cegados por el espejismo soviético, aquellos emigrantes fueron encarcelados, torturados y enviados a los ‘campos de trabajo’ de Siberia, donde morirían casi todos.

Los que acudieron a la Embajada de Estados Unidos en Moscú solicitando ayuda, se encontraron con una realidad igual de dura: ya no se les consideraba norteamericanos y, en consecuencia, su destino no importaba a nadie. Así fue como se convirtieron en ‘Los olvidados’.

Los olvidados es uno de los ensayos más tristes de cuantos pueden ser leídos en la actualidad. Todas las personas de las que usted habla no solo son ‘los olvidados’ por su condición de norteamericanos en la Rusia de Stalin, sino también por haber terminado sus días en los ‘campos de la muerte’. ¿Qué se recuerda en Estados Unidos de aquellos hombres y mujeres?

Sin duda, la odisea de los emigrantes norteamericanos que fueron a Rusia buscando una vida mejor, y que acabaron encontrando algo muy distinto, es una historia francamente dolorosa. Probablemente, la tristeza es la mayor de las emociones que uno puede sentir al leer sus biografías, pero hay muchas otras: incredulidad ante el grado de sufrimiento infligido, cólera ante el hecho de que fueran tratados de semejante modo y admiración ante el coraje de los supervivientes.

Muy pocos sobrevivieron al Terror estalinista y algunos sobrevivieron milagrosamente a los ‘campos de la muerte’, regresando y contando sus historias posteriormente. Algunos de esos supervivientes lucharon para que su sufrimiento fuera conocido por la opinión pública, mientras que para otros se convirtió en una carga insoportable.

Por desgracia, la memoria colectiva de la emigración norteamericana ha desaparecido. Muy pocos países han mantenido la memoria viva de quienes abandonaron su territorio, y esto se nota con más intensidad en el caso de quienes decidieron abandonar el Sueño Americano en busca de algo todavía más utópico.

Además, los emigrantes norteamericanos llegaron a Rusia antes de que el gobierno estadounidense reconociera la existencia de la URSS. Por eso fueron abandonados por ambos bloques. De alguna manera, se convirtieron en una vergüenza para la diplomacia estadounidense, en una curiosidad que se dejó caer entre los intersticios de la historia.

La emigración norteamericana en Rusia tuvo lugar durante la Gran Depresión, pero sorprende que hubiera americanos que renunciaran al Sueño Americano para acogerse al Sueño Ruso. Usted explica que en aquella época muchos norteamericanos estaban convencidos de que el Experimento Ruso era posible, mientras que el Sueño Americano ya estaba espiritualmente muerto. ¿Qué ofreció Rusia a todos esos emigrantes?

Cuando la Gran Depresión alcanzó su punto álgido, el capitalismo estadounidense parecía estar dando sus últimos pasos. Un cuarto de la mano de obra estaba en el paro y en muchos hogares sólo trabajaba un miembro de la familia.

Los agricultores perdían sus tierras, los bancos se colapsaban haciendo que sus clientes perdieran sus ahorros, mucha gente dormía en los hornos de coque que habían cerrado por la crisis… Y, a principios de la década de los 30, la conciencia económica se había inclinado hacia la izquierda.

El modelo soviético prometía la salvación, algo que quizás ahora, desde nuestra perspectiva, nos sorprende, pero no en aquella época. Por ejemplo, en 1931 un libro infantil en el que se explicaba el Plan Quinquenal se mantuvo en la listas de más vendidos durante meses.

Mucha gente quería creer en un sistema alternativo de trabajo y un montón de trabajadores decidieron cruzar el océano para encontrarlo. Rusia era la respuesta a cuantos desearan un trabajo estable, un techo bajo el que dormir, tres comidas al día, un médico para sus hijos…

En 1931, cien mil norteamericanos habían pedido permiso para emigrar a Rusia. ¿Fue aquella la mayor emigración que ha tenido Estados Unidos en toda su historia?

El New York Times publicó que ese año había habido cien mil peticiones de emigración a la Soviet Trade Organization, conocida como Amtorg, que había abierto oficinas en Manhattan y que ofreció cinco mil empleos en Rusia, con el trasporte pagado, para trabajadores norteamericanos especializados.

Así pues, los cinco mil trabajadores seleccionados pensaron que les había tocado la lotería, sin ocurrírseles que en verdad los más afortunados eran los rechazados. Otros trabajadores abandonaron Norteamérica con visados de turista, a la espera de encontrar trabajo cuando llegaran a Rusia. Quizás ha habido emigraciones mayores a lo largo de la historia de Norteamérica, pero ninguna ha sido ideológicamente tan significativa.

Además, nunca antes habían salido de Estados Unidos más personas de las que entraban. Por otra parte, muchos trabajadores se creyeron los discursos dados por muchos intelectuales que habían visitado la Rusia soviética. Esos intelectuales hicieron llamamientos para crear una nueva sociedad.

Me refiero, entre otros, a George Bernard Shaw, quien aseguró en la radio nacional norteamericana que el capitalismo estaba en bancarrota y que sólo el barco ruso navegaba sin sobrepeso.

Stalin jugó un gran papel a la hora de animar a los norteamericanos a emigrar, asegurando que la economía rusa estaba saneada. Pero al mismo tiempo imitó el modelo de producción estadounidense, como demuestra el hecho de que pusiera tantas facilidades para que Ford se instalara en Rusia. Además, usted afirma que a Stalin le gustaba ‘comprar estilo americano’. ¿Qué rendimiento político obtuvo de aquella emigración?

Para mí fue una sorpresa descubrir que Henry Ford invirtió millones de dólares en la Rusia de Stalin. También me asombró descubrir que el plan de industrialización soviética pasaba por copiar el modelo americano, así como que muchos trabajadores y expertos fueran importados junto con las fábricas que se instalaban en Rusia.

Stalin dijo en varias ocasiones que América tenía mucho que enseñar a la URSS e incluso alabó su aspiración democrática, en claro contrate con el viejo imperialismo de las naciones europeas. Lógicamente, cuando los trabajadores norteamericanos llegaron a Rusia, el aparato propagandístico soviético se aprovechó, llegando a escribirse artículos en prensa con titulares como ‘Moscú: el imán’, en los que básicamente se ensalzaba la capacidad de Rusia para atraer a trabajadores de todo el mundo, lo cual demostraba el éxito del factor humano en el modelo soviético.

En Los olvidados usted focaliza en los casos particulares de muchos trabajadores americanos. Empezando por aquellos que montaron una liga de béisbol en Moscú y terminando por los que acabaron muriendo en el Gulag. ¿Cuál de todas esas historias le impactó más?

Lo cierto es que me sentí conmovido por muchas de aquellas historias. Por poner un ejemplo, me impresionó la del capitán del equipo de béisbol en Moscú. También las de los hombres que fueron ejecutados en Butovo, un ‘campo de la muerte’ situado a las afueras de Moscú donde fueron ejecutados miles de trabajadores durante 1937 y 1938.

En la actualidad hay un monumento a las víctimas enterradas en largas hileras bajo los manzanos. El destino de los trabajadores de factorías de automóviles también es desgarrador.

Por ejemplo, el padre de uno de los jugadores de béisbol del equipo norteamericano era un funcionario sindicalista que había trabajado para Henry Ford en Detroit y que, cuando llegó a Rusia, fue puesto como ejemplo por la prensa soviética para demostrar la capacidad de aquella sociedad a la hora de acoger a todo el mundo, de crecer en colaboración con otras naciones, de mejorar los sistemas de producción… Pocos años después fue arrestado y asesinado.

En los archivos todavía existen cartas en las que los familiares preguntan por los paraderos de los desaparecidos, así como otros objetos más emotivos, como ese trozo de madera que alguien logró sacar de un ‘campo de la muerte’ del Gulag y que llegaba la siguiente inscripción: ‘Sálvenme, por favor. A mí y a todos los demás’.

De todas formas, el material más efectivo a la hora de comprender el sufrimiento son las fotografías de los niños polacos que sobrevivieron a los ‘campos de la muerte’ y que fueron enviados a Irán durante la guerra. Esos niños son piel y huesos. Y tienen una mirada misteriosamente desesperada.

Usted ha acusado a las autoridades norteamericanas y a los periodistas de la época de haber abandonado a los trabajadores que pidieron ayuda para evitar morir en manos de la policía secreta soviética. ¿Cree que aquellos trabajadores americanos fueron traicionados por la diplomacia de su país?

La mayor parte de los emigrantes americanos llegaron a la URS a principios de la década de los 30, antes de que el gobierno de Roosevelt reconociera el gobierno soviético y antes también de que se creara una embajada estadounidense en Moscú. Pero, antes de que ocurrieran esas dos cosas, muchos trabajadores norteamericanos ya pedían visados para regresar a Estados Unidos.

Sin embargo, la diplomacia estadounidense no estaba preparada para dar respuesta a todas esas peticiones de regreso, entre otras cosas porque muchos exiliados habían sido obligados a aceptar la nacionalidad soviética. Así pues, había una renuencia por parte de los diplomáticos estadounidenses a ayudar a ese colectivo que, además, era visto como izquierdista, radical y sindicalista.

Esa renuencia a veces fue explícita, como demuestran los telegramas enviados desde Washington a los diplomáticos. Cuando empezó la época del Terror soviético, los trabajadores norteamericanos empezaron a ser detenidos por el NKVD tan pronto como salían de la embajada norteamericana. Y los diplomáticos lo sabían, ya que muchos emigrantes paraban el coche del embajador para pedir su intervención.

En aquel entonces, Joseph Davies, embajador norteamericano en Rusia, estaba más preocupado por cultivar la amistad con Stalin que por cualquier otra cosa, ya que quería conseguir que se aliara con Estados Unidos contra la Alemania nazi. Así fue como miles de emigrantes pasaron al olvido. ¿Podemos llamar a esto traición? Un funcionario norteamericano describió a esos norteamericanos olvidados como ‘restos flotantes y tirados sobre el mar de la vida. Nacen, viven y mueren, y sus existencias no tienen ningún efecto sobre los gobiernos o autoridades’.

Una noche, Marjorie Davis, esposa del embajador, escuchó disparos y gritos desde su dormitorio en Moscú. Entonces despertó a su marido para preguntarle qué estaba ocurriendo y él le respondió: ‘Sólo están construyendo el metro’. Marjorie contó esto años después, en la década de los 60, cuando ya se había divorciado de su marido.

Usted ha hecho un enorme trabajo de investigación. ¿Cuál fue su principal fuente de información?

Las fuentes han sido muy variadas. En primer lugar, habría que destacar los archivos estatales rusos, donde dormitaban cientos de documentos con información sustancial.

También estaban los archivos de la NKVD, que fueron accesibles durante un corto periodo de tiempo a principios de la década de los 90. Allí encontré ‘confesiones’ de norteamericanos detenidos e interrogados. Pero el material más útil estaba en los Archivos Nacionales de Washington DC, donde localicé documentos de los funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores que trabajaban en la URSS, así como cartas y memorias de supervivientes.

En Los olvidados usted también habla de los ciudadanos de otros países que recalaron igualmente en la Rusia soviética: alemanes, italianos, griegos, austríacos, franceses y españoles, principalmente. Algunos escritores españoles han hecho grandes labores para recuperar la memoria de nuestros conciudadanos exiliados en Rusia a causa de la Guerra Civil Española. ¿Ha encontrado usted información sobre el destino de esos hombres, mujeres y niños?

Sí, pero no he puesto el foco sobre ellos, porque yo investigaba otra cosa. Recuerdo una autobiografía muy interesante, escrita por ‘El campesino’, en la que se narraban unos acontecimientos muy dramáticos ocurridos durante su huida del Gulag y de la URSS.

En 1950, tras la época del deshielo iniciada por Khrushchev, miles de extranjeros fueron liberados de los campos del Gulag y muchos cruzaron el Telón de Acero. Algunas de esas personas fueron entrevistadas por oficiales de las Fuerzas Aéreas norteamericanas y sus descripciones de la vida en los ‘campos de la muerte’ fueron transcritas y archivadas bajo el nombre de ‘Wringer Reports’. Allí aparecen testimonios de ciudadanos de todo el planeta, dado que el Gulag fue una especie de empresa internacional.

Por supuesto, entre esos supervivientes se encontraban prisioneros de la ‘División Azul’ de Franco, quienes sufrieron la misma represión que los españoles de izquierdas que viajaron a la URSS. Porque el estalinismo encarceló y mató a gente de ambos lados de la Guerra Civil Española. Era la lógica de un sistema totalitario que consideraba a todo el mundo sospechoso. Basta recordar las palabras del disidente soviético Daniel Sinyavsky: ‘nosotros matamos y matamos y matamos’.

Copyright © Álvaro Colomer, Debate. Cortesía del departamento de prensa de Random House Mondadori. Reservados todos los derechos.

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ISSN 1989-8584