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Claves de la movida madrileña (y II) Imprimir E-mail

CLAVES DE LA MOVIDA MADRILEÑA (y II)

Movida, carnaval y cultura de masas

GUZMÁN URRERO | 6 de julio de 2007

Viene del artículo anterior

l altavoz más eficaz de la movida fue la radio. Desde 1977, la emisora Onda Dos apoyaba las nuevas tendencias musicales de la capital gracias a locutores como Rafael Abitbol, Jesús Ordovás, Gonzalo Garrido, Mario Armero y Juan de Pablos. A partir de 1979, Radio 3 (RNE) acogió a muchos profesionales de Onda Dos, los cuales siguieron promoviendo la oferta capitalina.

Programas como Esto no es Hawai, de Jesús Ordovás, Aeropuerto Internacional, de Diego Manrique, y Tiempos modernos, de Manuel Ferreras y Fernando Poblet, fueron perfilando una rejuvenecida identidad madrileña. Identidad que también bosquejaron Paco Pérez Bryan (El Búho Musical, Radiocadena Española) y Moncho Alpuente (Las calles de Babilonia, Antena 3 Radio).

Cuando algunos de ellos pasaron a trabajar en televisión, la movida era ya un fenómeno ampliamente divulgado. Así, los espacios televisivos de Carlos Tena, Ángel Casas, Moncho Alpuente y Diego Manrique contribuyeron a moldear definitivamente aquella confluencia de mundanidad y talento.

El martes 17 de mayo de 1983, el segundo canal de Televisión Española comenzó a emitir La Edad de Oro, un programa diseñado por Paloma Chamorro y producido por José Luis Gracia. A lo largo de hora y media, músicos, cineastas y pintores catalogables en la posmodernidad daban muestras de sus habilidades, asociando de ese modo a Madrid con las nuevas tendencias del arte.

Al difundir ese modelo para destacar lo que significaba la movida, Chamorro tuvo la posibilidad de descifrar un fenómeno que muchos ignoraban.

Por medio de su programa, dio minutos de fama a grupos como Radio Futura, Aviador DRO, Gabinete Caligari, Golpes Bajos y Kaka de Luxe; y asimismo produjo y emitió dos mediometrajes: Amor Apache, de Ceesepe y Alberto García Alix, y Trailer para amantes de lo prohibido, de Almodóvar.

No faltan en la obra de este último referencias a la pequeña pantalla. Puesto a involucrar cine y televisión en un mismo plano, el director suele incluir espacios televisivos en sus películas, si bien caricaturizados con fin humorístico.

El último ejemplo de esta costumbre figura en Hable con ella (2001), donde la actriz Loles León interpreta a la presentadora de un programa sensacionalista. Como sucede en otros films del mismo cineasta, los espectadores ven la secuencia enmarcada por la carcasa de un monitor.

Cine y otras pasiones

Podemos preguntarnos si hubo un cine de la movida al margen de Pedro Almodóvar. Muy posiblemente el director manchego sea quien mejor haya rentabilizado la etiqueta, y quizá ésta le deba tanto que no pueda leerse sin su apellido.

En todo caso, carece de importancia que la prensa haya identificado a Almodóvar con esa corriente, pues dicha interpretación es unidireccional, y sólo atiende a la presencia de la modernidad madrileña en la gran pantalla, sin tomar en cuenta esa constante cita intertextual que acá nos preocupa.

Con esto nos acercamos a otro fenómeno, acaso el más fructífero, porque detalla la cinefilia cuando se traduce en términos musicales.

El anecdotario nos asegura que los principales artífices de la movida disfrutaron del cinematógrafo en sus facetas más accesibles, y lo que es más: su cancionero está lleno de indicios de esa especie. Con todo, estos cinéfilos observan una regla fundamental que ya hemos reiterado en estas páginas: la defensa de los géneros de arte menor, a los cuales disculpan su tosquedad estética y puerilidad argumental.

Hay razones para pensar que el aglutinante de esas afinidades fue el grupo La Liviandad del Imperdible, que a fines de 1977 se dedicaba a difundir la música punk y a discutir las virtudes de William Castle, un cineasta muerto ese mismo año y responsable de numerosas entregas de la serie B, como Serpent of the Nile (1953), Slaves of Babylon (1953), House on Haunted Hill (1958), The Tingler (1959), 13 Ghosts (1960) y The Old Dark House (1963).

De ello no hay duda: el autodidactismo y el descaro circense de Castle –una suerte de P.T. Barnum del cine popular– inspiraron a los componentes de La Liviandad del Imperdible, más adelante conocidos por el nombre del conjunto musical al que sirvieron de origen: Kaka de Luxe.

El fanzine que publicó este grupo, nombrado igualmente Kaka de Luxe, podía adquirirse en el Cinestudio Griffith, una de las varias salas de exhibición que en el Madrid de los ochenta ofrecían cine de género popular en sesión doble e incluso triple.

Entre ellas, figuraban otros cinestudios hoy inexistentes, como el Regio, el Bogart, el Fantasio y el Ideal. Este último, rotulado pomposamente “El Palacio del Terror”, exhibía películas de esa variedad, alternándolas con otro tipo de producciones, muy próximas a las tribus de la movida. A modo de ejemplo, cabe extraer de su programación  películas punk, al estilo del documental Dios salve a la reina (The Great Rock 'n Roll Swindle, 1980), de Julien Temple, proyectado por este cinestudio el 9 de junio de 1984, ante una ruidosa y no muy pacífica concentración de seguidores de los Sex Pistols (algunos de los cuales, por cierto, ya habían participado en la zapatiesta que siguió al estreno del film, durante la Navidad de 1980).


Al igual que sucedía en The Punk Rock Movie (1978), de Don Letts, y en D.O.A. (1980), de Lech Kowalski, Cha-Cha (1979), de Herbert Curiel, también ofrecía conciertos punk en su metraje, animado por la presencia de Nina Hagen y Lene Lovich. Como era de esperar, el film de Curiel apasionó a la concurrencia de esta sala madrileña (se exhibió entre el 2 y el 8 de enero de 1984, y desde el 4 al 10 de junio del mismo año).

Pero sin duda, la proyección más atractiva para las tribus urbanas –en especial aquella compuesta por los llamados mods– fue la de Quadrophenia (1979), de Franc Roddam. Al narrar tan vívidamente el enfrentamiento entre las bandas de mods y de rockers británicos, este largometraje incitaba a la emulación de ese conflicto, y así fue posible comprobarlo en el Ideal, donde miembros de estas fraternidades decidieron desafiarse durante los pases (del 9 al 15 de enero y del 4 al 10 de junio de 1984; y del 18 al 24 de marzo de 1985). Menos belicosa, desde luego, era la audiencia de Pink Flamingos, de John Waters (27 abril de 1985) o de Pepi Luci Bom y otras chicas del montón, de Almodóvar (21 al 27 de enero de 1985).

Ocurre en la movida lo mismo que en el glam rock británico: el cine popular identifica sus principales referencias estéticas y conceptuales. De ahí que no sea anecdótico hallar a Alaska, Carlos Berlanga, Bernardo Bonezzi, Carlos Gurruchaga o Fernando Márquez entre los concurrentes habituales de la Filmoteca Española y de los cinestudios.

En estos casos, además del gusto por el cine, triunfa la mitomanía. Dos ejemplos: Alaska perfila sus cejas como su admirada Joan Crawford y Márquez funda un grupo musical, Paraíso, cuyo nombre recuerda el título de una de sus películas favoritas, El fantasma del paraíso, de Brian de Palma.

Va a ser Almodóvar quien reúna a personajes como los citados frente a la cámara. Así, Alaska protagoniza Pepi, Luci Bom y otras chicas del montón, y Bernardo Bonezzi compone dos canciones para Laberinto de pasiones, donde también aparecen otros representantes de la modernidad madrileña.

Al decir del propio realizador, “Laberinto de pasiones contiene casi todos los personajes más representativos de lo que se llama la movida: pintores, gran cantidad de grupos de músicos que, después, han tenido mucho éxito. De un modo tangencial intervienen personajes que luego han sido claves en esta época de Madrid, pero eso es de un interés más bien local".

El volumen misceláneo Patty Diphusa y otros textos (Anagrama, 1991) contiene un escrito de Almodóvar, “Venir a Madrid” (Diario 16, 1989), donde éste defiende ese reflejo de un Madrid explosivo, centro neurálgico del mundo, “donde todo pasaba o de todo se pasa”. Sin duda, esa perspectiva se aviene mejor a las premuras de la movida que la definida por otros cineastas. De hecho, el foco de la mundanidad madrileña desaparece en títulos como La próxima estación (1982), de Antonio Mercero, pese a contar dicho film en su banda sonora con canciones de dos grupos de la movida: Las Chinas y Los Zombies.

Otros dos artistas de la misma tendencia, Tino Casal y Nacho Cano, figuran entre los músicos de Sal gorda (1984), el film de Fernando Trueba. Con menor fortuna, Una pequeña movida (1982), de Vicente Sáinz, intentaba articular un Madrid trepidante y excesivo. Sin duda, pese a lo endeble de su guión, resulta más atractivo un largometraje como A tope (1984), de Tito Fernández, pues en él actúan los grupos más señalados del periodo: Alaska y Dinarama, Nacha Pop, Derribos Airas, Aviador Dro, Golpes Bajos, Gabinete Caligari y Loquillo y los Trogloditas.

La estirpe de Barbarella

Por cuanto llevamos visto, parece claro que la imaginería de la movida está llena de referencias al cine y también a la historieta, sobre todo a partir de una de sus facetas: aquella depositaria de las lindezas underground que firman autores como Robert Crumb, Vaughn Bodé y Richard Corben. Las alusiones al tebeo clásico son menos habituales, aunque tampoco escasean.

En torno a 1977, Carlos Berlanga editaba un fanzine llamado «Terry», en obvia alusión al personaje homónimo creado por Milton Caniff en 1934. Posteriormente, Berlanga intervino en otro fanzine, titulado como su conjunto musical, donde aparecían cómics hechos originalmente para esta publicación y otros de fuente ajena, tan alejados de severos trascendentalismos como Don Martin, el gato de Fat Freddy, obra de Gilbert Shelton.

Por esta época, Berlanga y su compañero, Fernando Márquez “El Zurdo”, se declaraban atraídos por los diseños de Jean–Claude Forest; en concreto, las planchas de Barbarella, con sus módicas dosis de erotismo y una actitud iconoclasta frente los tópicos de la ficción científica.

Calcada sobre el perfil de Brigitte Bardot, esta heroína intergaláctica se había dado a conocer en abril de 1962, fecha en que apareció su primera historieta en el número 566 de la revista francesa V Magazine. Con un claro estímulo comercial, Roger Vadim llevó al cine este tebeo, y dio el papel de Barbarella a su esposa, Jane Fonda.

El extravagante vestuario, obra de Paco Rabanne y de Jacques Fonteray, era muy afín al puesto de moda durante el apogeo del glam rock, y también hay detalles en la trama que reivindican el mismo parentesco. Quizá por ello Berlanga, Márquez y otros de sus colegas compartieron su embeleso por este largometraje de 1968, que revisaron en cinestudios y grabaciones videográficas. En primer término, esa atracción fue ilustrada por una figura: la Reina Negra del planeta Sogo, a quien encarnaba Anita Pallenberg. No faltará quien identifique a este personaje –una vampira desconcertante y lasciva– con el doctor Frank N. Furter, el travestido interestelar a quien dio vida Tim Curry en The Rocky Horror Picture Show.


Como ya hemos visto, este largometraje, elaborado a partir de la comedia homónima de Richard O'Brien, era otro de los referentes de la movida.

Llena de viveza,  la película era proyectada en sesiones nocturnas, mientras el auditorio coreaba sus canciones ataviado como los protagonistas. A finales de los setenta, cuando los cofrades de La Liviandad del Imperdible se intercambiaban discos y cómics en el Rastro, también solían celebrar su entusiasmo por este musical, cuyo estreno tuvo lugar en una sala experimental del Royal Court Theatre londinense en junio de 1973.

Tras pasar por el King's Road Theatre y cruzar el Atlántico, se tradujo al cine en octubre de 1974, y en lo sucesivo, pasó a identificar esa incombustible afición por el cine de bajo presupuesto que asimismo cultivaban Alaska y sus camaradas. No en vano señala Fernándo Márquez que revisar The Rocky Horror Picture Show era para ellos una liturgia, y añade: “Siempre he considerado al Tim Curry del film como una de las caras de Dios”.

Vista en perspectiva, esta afición al cómic adquiere diversos perfiles. Ceesepe y Alberto García Alix fundaron la Cascorro Factory, donde se traducían y editaban tebeos underground norteamericanos. Carlos Berlanga dibujó una tira cómica: Olga Zana no se corta un pelo (ABC, 1988-1989), e ilustró para Almodóvar el cartel de Matador y los títulos de crédito de Trailer para amantes de lo prohibido. Márquez, al frente del conjunto Paraíso, interpretó la canción “Makoki” (Nuevos Medios, 1983), en torno al personaje homónimo, ideado por Felipe Borrayo y Miguel Gallardo en las páginas de Disco Express (nº 433, 1 de julio de 1977), y muy popular entre los lectores de la revista El Víbora, cuyo primer número llegó a los kioscos en 1979.

Con buen ojo comercial, esta publicación barcelonesa, además de imprimir las planchas de Makoki, editó los trabajos de Ceesepe y de otros artífices de la movida. Conviene aclarar que su competencia en este ámbito fue más bien escasa.

En noviembre de 1983 se distribuía el primer número de La Luna de Madrid, donde Rodrigo publicó uno de los mejores cómics de este florecimiento cultural madrileño: “Manuel” (1983–1984). Y a partir de enero de 1984, adquirió publicidad Madriz, una revista de historietas subvencionada por el Ayuntamiento, en cuyo número inaugural colaboraban El Cubri, Ceesepe, Federico del Barrio, OPS, Javier de Juan y Carlos Giménez. Obviamente, por lo que concierne al cómic, tanto La Luna como Madriz fueron productos anécdoticos, muy por debajo de la iniciativa catalana.

Dato curioso: aunque no se trata de una cabecera madrileña, El Víbora fue la principal impulsora del cómic más próximo a los atrevimientos de la capital. Así, editó dos trabajos de Almodóvar: la novela corta Fuego en las entrañas (col. Onliyú, 1981), ilustrada por Mariscal, y una telenovela hecha junto al fotógrafo Pablo Pérez Mínguez con Fabio de Miguel como protagonista, Patty Diphusa en “Toda tuya” (El Víbora, vol. 4, nº 32, 1982, pp. 72–84).

Llegado el momento de publicitar su primer largometraje, el cineasta encargó a Ceesepe un cartel en forma de tebeo. El propio Almodóvar explica cómo “el origen de esa película [Pepi, Luci, Bom] no es sólo la fotonovela, sino el cómic, y no oculto esa influencia ya que, entre algunas secuencias, utilicé dibujos que anunciaban la acción siguiente de manera condensada y dramatizada".

La mescolanza de lenguajes y estereotipos es de muy fácil comprobación. Tal y como se advierte, una y otra vez reaparecen el cómic y el cine masivo como posibilidades constatables en la movida, cuya progresión permite discernir ese paralelismo insistente con el pop art y el glam rock.

Sin duda, dentro del elenco de artífices madrileños fueron Juan Carrero y Enrique Naya, “Los Costus”, quienes fijaron con mayor efectividad ese inventario peculiar, inspirando con sus pinturas a Almodóvar y a otros visitantes de su casa-taller. Si en la exposición Ejemplos de Arquitecturas Nacionales y otros Monumentos (1978) los Costus retrataban a las “folklóricas” con usos de imaginería barroca, aquella otra muestra que titularon El Chochonismo Ilustrado (1981) era significada por los brillos de la prensa del corazón.

Con todo, su serie más conocida, El Valle de los Caídos (1980–1987), nos permite acabar estas líneas bajo el pulso carnavalesco. Y así, con disfraces inspirados en tan sombrío monumento, Fabio McNamara aparecía en un lienzo como La Fortaleza, Tino Casal servía de modelo a El Caudillo, Ana Curra era La Templanza, Alaska figuraba La Piedad, Bibi Andersen era mostrada como Carmen, Patrona de la Marina, y el propio Juan Carrero yacía como el Cristo de la Misericordia.

Si bien se mira, tan abrupta combinación de fetiches de prestigio franquista, referencias religiosas (muy poco respetuosas, es cierto) y figuras de un Madrid plebeyo, despreocupadamente noctámbulo, es una de las formas de acotar la movida: al cabo, un síntoma de esa apertura democrática, estimulante y cargada de porvenir.

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(Escribí la primera versión de este artículo en las páginas de la revista Cuadernos Hispanoamericanos)

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