Vida de Yukio Mishima. La fatalidad de lo sublime

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Vida de Yukio Mishima. La fatalidad de lo sublime
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En julio de 1970 un médium vaticina a Yukio Mishima una larga vida. Por estas fechas, el escritor japonés acude a un astrólogo del rito Shichūsuimei para escuchar una predicción semejante; en esta ocasión el adivino le anuncia que será el próximo ganador del premio Nobel y lo señala como posible presidente del Japón.

Apenas cuatro meses más tarde, cercano ya el invierno, Mishima asalta el cuartel de Ichigaya junto a tres jóvenes cadetes de su ejército privado. Se propone cumplir con la liturgia más trágica que conoce la tradición japonesa: el seppuku, un suicidio ritual que, según cree el novelista, despertará de su letargo al viejo Japón.

Entre los japoneses, el final de Mishima carece del romanticismo que le aplican muchos observadores occidentales. Pese a que su talento es reconocido de forma unánime, el escritor es visto como un excéntrico, o aún peor, como un desequilibrado que se tomó en serio sus propias fantasías.

El hecho cierto es que Mishima pudo haberse limitado a obedecer el dictado de Shichūsuimei, y aspirar al poder en su país. Pero optó por un camino terrible, y eligió una muerte de resonancias épicas que, a su modo de ver, despojaría de su máscara al Japón moderno.

Para su desgracia, el gesto del escritor no fue comprendido por una sociedad democrática y acomodada, cansada de la violencia y deseosa de alcanzar la prosperidad sin tener que echar la vista atrás. De hecho, por más que Mishima observara con nostalgia el código samurai, las costumbres del Japón feudal eran algo que, en 1970, ya sólo tenía acomodo en el cine, en las teleseries y en los museos.

Si observamos los testimonios de la época, queda claro que el acto protagonizado por Mishima en el cuartel de Ichigaya fue visto con desaprobación, como si se tratara del último desatino de un demente.

En este punto las incógnitas son difíciles de responder. ¿Por qué un escritor cosmopolita, famoso y atractivo decidió suicidarse de un modo tan espectacular? ¿Era Mishima un ultraderechista o tan sólo quiso plantear una sangrienta performance? ¿Qué le llevó a tomar una determinación tan irrevocable?

Como sucede en casos como éste, los datos biográficos pueden ayudarnos a comprender, siquiera un poco mejor, a uno de los personajes más peculiares y apasionantes del Japón contemporáneo.

Hazme una máscara

La biografía de Yukio Mishima está bien documentada, aunque no carece de puntos oscuros. Sabemos que viene al mundo en Tokio el 14 de enero de 1925. Su primera infancia transcurre bajo la atenta mirada de su abuela Natsuko, una enigmática mujer que, al tiempo que le priva de la compañía materna y le prohibe jugar con los otros niños, le descubre un mundo de grullas de papel y acuarelas, de amigas cuidadosamente escogidas y, sobre todo, de libros.

Natsuko, una entusiasta de la obra de Kōyō Ozaki, logra que su nieto domine el arte de la escritura apenas cumplidos los cinco años. Por desgracia, la salud del pequeño Kimitake Hiraoka –verdadero nombre del escritor–, quebradiza en extremo, claudica ante una grave enfermedad que a punto está de acabar con su vida.

Mishima ingresa en 1931 en la Escuela de Nobles (Gakushuin) donde no destacará hasta alcanzar el ciclo medio, época en la que ya disfruta de la compañía de su madre. Admirado por compañeros de cursos superiores, el pequeño genio pronto colabora en la revista de la escuela. En 1939 fallece su abuela. Ese mismo año deja inconclusa su primera novela, Mansión.

Poco tiempo después, fascinado por nuevas constelaciones, acude a Ryuko Kawaji, quien le enseña los secretos de la poesía mientras algunos profesores de la Gakushuin apoyan su carrera literaria.

Son tiempos de guerra y el joven Mishima conoce la pasión de los Roman-ha de Yojuro Yasuda. Su acendrado patriotismo está a punto de verse recompensado en el combate, pero un médico le declara inútil para el servicio y se truncan sus posibilidades de morir con alguna escuadrilla kamikaze.

Ya se ha graduado en la Gakushuin y estudia leyes en Tokio. Sus inquietudes siguen orientándole hacia el mundo de las letras. Yasunari Kawabata descubre su talento y Mishima logra publicar sus primeras páginas, aunque sin obtener el éxito deseado.

Mientras trabaja en el Ministerio de Hacienda, sueña con alcanzar el paraíso pagano, a imagen un Wilde o un Radiguet, seducido como estaba por el trágico final de ambos.

En julio de 1949 se publica Confesiones de una máscara, obra iniciada por Mishima en noviembre del año anterior y que el propio escritor define, durante una entrevista con el crítico Takeo Okuno, como “una confesión sincera, sin ninguna ficción”.

Confesiones de una máscara viene a ser una autobiografía apasionada y catártica, en la que se descubren las esencias ocultas del joven autor: el sadismo, la homosexualidad... Asimismo, delata una fuerte influencia de una obra de Osamu Dazai editada un año atrás, Ya no humano, la novela-confesión de un hombre frustrado que orienta sus pasos hacia el nihilismo en el Japón de la posguerra.

Dazai (1909-1948) y Mishima parecen hijos de un mismo y terrible avatar. Ambos se mostraban descontentos con la democracia impuesta por los americanos tras la derrota, con un Emperador que había dejado de ser el descendiente de la diosa Amaterasu para transformarse en un simple mortal. En esto, curiosamente, chocaban con la mayoría del pueblo japonés, encantado con el nuevo régimen de libertad y creciente bienestar del que ahora disfrutaban.

De igual modo, ambos trataron en su obra el declinar del viejo orden: Dazai desde su izquierdismo militante, Mishima desde su heterodoxia, ya teñida de imperialismo.

Ambos eligieron, en suma, la misma estética de la autodestrucción, si bien Dazai prefirió el alcohol y las drogas a la férrea disciplina practicada por su admirador.

En todo caso, el suicidio de Osamu Dazai, luego de cuatro intentos frustrados, influyó decisivamente en el ánimo de Mishima, el único con los arrestos suficientes para criticar el estilo del reverenciado autor de obras como Tsugaru o Los cien paisajes del monte Fuji cuando éste se encontraba completamente alcoholizado.

Cuentan los testigos que el joven Mishima miró gravemente a los ojos del maestro para decirle: “Señor Dazai, a mí no me gusta su literatura”. Quizá en ese instante Mishima no fue del todo sincero, pero su reacción es comprensible, sobre todo si se tiene en cuenta que el lamentable estado del maestro Ozamu le repelió sobremanera. Tanto es así que a partir de entonces se mostró cada vez más resuelto en la idea de alcanzar la sublimidad estética a través del sacrificio honorable.

Mishima concluye en 1950 Sed de amor. El elogio de la crítica es generalizado. Un año más tarde, publica Colores prohibidos e inicia el que será su primer viaje a Occidente gracias al apoyo del diario Asahi Shimbun.

A su regreso, Mishima es un hombre nuevo, inquieto por alcanzar el éxito literario, pero también por cultivar su físico y mostrarlo como una obra de arte más. De ahí en adelante, frecuenta los gimnasios y practica el culturismo con auténtica devoción.

Escribe El pabellón de oro cuando ya sus obras conocen varias traducciones. Por la misma época, sus lazos con el teatro se estrechan, y no ceja en su empeño de revitalizar el clásico Nō.

Fruto de su matrimonio con Yoko Sugiyama, nace su primera hija, Noriko. Mishima inicia por esta época un disciplinado entrenamiento en el arte del kendo, la esgrima japonesa.

En la sociedad japonesa, se inicia un periodo de conflictos y revueltas que produce en Mishima reacciones de particular agudeza: a obras como Después del banquete siguen otras como Patriotismo, la estremecedora narración de los últimos momentos del teniente Shinji Takeyama, muerto según el ritual del seppuku en presencia de su esposa Reiko.

Por donde quiera que vaya, la polémica acompaña al escritor, tanto por su heterodoxia política, siempre incomprendida, como por su exhibicionismo provocador.

Escribe sus artículos en la revista Hihyō a lo largo del año 1965. Es precisamente uno de los colaboradores habituales de la publicación, el extraño Rintarō Nichinuma, quien señala a Mishima un camino ya intuido por él: “Muérase –le dice–. Su literatura debe alcanzar la perfección absoluta mediante el suicidio”.

Mishima conoce su candidatura al premio Nobel cuando prepara el primer volumen de la tetralogía El mar de la fertilidad. Son momentos de renovada inquietud política para el escritor; sus amigos Seiji Tsutsumi y Kôshiro Izawa llegan a escucharle que planea presentarse a las elecciones.

Hastiado de los círculos literarios en Japón, decide viajar a la India en compañía de su mujer. En una tierra de maestros del misticismo y de terribles injusticias sociales, Mishima prefiere la compañía de los militares hindúes de alta graduación, interesado por conocer los secretos de la organización castrense.

A Mishima le aguardan en Tokio los jóvenes y desquiciados guerreros que integran su ejército particular, la Sociedad del Escudo. Ni que decir tiene que los escritores más sensatos observan a esta organización radical con desdén e incomodidad.

Comienza el año 1968, y Mishima se enfrasca en la lectura de textos clásicos del Confucianismo como Nihon Yōmeigaku No Tetugaku, del filósofo Tetsujiro Inoue.

Apenas un año más tarde dirá a Izawa: “Ya no quiero el premio Nobel y tampoco necesito puesto honorario alguno. No es época de desear cosas así”.

Defiende en un simposio organizado por la Nihon Bunka Kaigi la ponencia titulada Ciudadano y sociedad: Ilusión de una nación sin poder. La tesis alrededor de la que articula su discurso propone una sociedad en la que la iniciativa individual esté garantizada. Según Mishima, cuando los poderes materiales alcanzan la psicología profunda de los individuos, todo el sistema se escora hacia el desastre.

Como ejemplo de fracaso en este sentido el escritor propone los Estados Unidos, aunque bien sabe que su propio país camina en una dirección similar.

El 6 de marzo de 1970, envía una carta demencial a Fusao Hayashi en la que dice: “Con esta paz me parece que Japón comienza a dormirse. Si el país, tal como imagino, descuida lo esencial y se torna un Japón enmascarado, la fisonomía del verdadero Japón se olvidará. Esto es algo que me duele en lo más hondo”.

¿Acaso Mishima cree que una actitud belicosa es la única forma de expresar la esencia japonesa? Algo de ello hay en su pensamiento, sin duda, aunque sus conciudadanos no estén por la labor.

Desde hace unos meses, ha unido su destino al de su obra magna, El mar de la fertilidad. La última entrega llegará a la editorial el mismo día de su muerte.

Impulsado por vientos de otra era, Mishima ultima junto a algunos miembros de la Sociedad del Escudo los preparativos del que será su drama final. En la mañana del 25 de noviembre, el maestro y tres de sus discípulos –entre ellos Masakatsu Morita, el amante de Mishima– entran en el despacho del general de las Fuerzas de Defensa, Mashita.

Inmovilizan al militar y exigen que Mishima sea escuchado. Desde el parapeto del cuartel, observado por una multitud de curiosos asombrados, el escritor comienza un delirante discurso que será silenciado por los constantes insultos de los soldados de la guarnición.

Oídos por los japoneses del momento –tan moderados como conservadores– las palabras de Mishima suenan a proclama destemplada: habla de heroísmo exaltado, de lealtad al Emperador y de orgullo nacional. Finalmente, las burlas del público hacen mella en su ánimo. Es entonces cuando el escritor decide poner fin a la estremecedora representación mostrando la sinceridad de su espada.

Hunde el filo en su vientre, pero la muerte tarda demasiado en llegar. En el éxtasis del dolor, su cabeza se desprende gracias al oportuno tajo que le propina uno de sus asistentes.



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