Roberto Arlt y Borges

Escritores

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La Buenos Aires de Borges y Arlt

Aproximo en estas páginas a dos escritores de la misma época, nacidos con un año de distancia, para disipar un lugar común poco productivo y, a mi entender, equívoco en la crítica corriente.

Creo que en la literatura argentina no hay una opción Borges o Arlt, escribir como uno o como el otro. Desde luego, las diferencias existen y han sido trajinadas: Arlt, escritor del grupo Boedo, izquierdista, intuitivo, silvestre, popular, mal hablado y dionisíaco, cuyas revistas de referencia son Claridad y Los pensadores; Borges, escritor del grupo Florida, quizás un liberal de derecha, letrado, reflexivo, cuidadoso, bizantino, minoritario, apolíneo y con Sur como revista de referencia.

En lo político se pueden hacer más precisiones. Arlt murió en 1942, el año en que Borges publica Ficciones. Por esas fechas, ambos coincidieron en apoyar a la República española y a los Aliados en la guerra mundial. Arlt estaba cerca del comunismo; Borges, muy lejos, aunque había admirado fugazmente la revolución bolchevique en su primera juventud y pasado por el populismo nacionalista con toques libertarios en la década de 1920.

También Arlt había simpatizado con el anarquismo antes de que los comunistas quisieran cooptarlo. Un confuso izquierdismo lo aproximaba a un par de discípulos de Georges Sorel: Lenin y Mussolini. El matiz violento de ambos poco tenía que ver con el remoto libertarismo de Borges, que se apoyaba en el individualismo liberal de Spencer, un filósofo del que su padre era seguidor.

Otro vaso comunicante es el de la lengua literaria. La Buenos Aires en la que se formaron era una ciudad inmigratoria y babélica. Borges fue educado en inglés.

En la casa de Arlt se hablaría esloveno, quizás alemán o italiano, porque sus antepasados provenían de los Balcanes.

Detrás de los dos escritores que optarán por el castellano están las lenguas de dos imperios: Inglaterra y Austria-Hungría. El castellano es el idioma histórico de los argentinos, el vehículo de comunicación y unificación cultural de un país con cuantiosas masas inmigrantes, pero actúa, a la vez, como lengua expuesta que se superpone a otras lenguas sofocadas.

De alguna manera, han de manifestarse. El inglés de Borges, sus lecturas infantiles del barroco, se adaptan al pasar por los barrocos españoles. En Arlt aparecen las sugestiones del lunfardo, cuyas fuentes son múltiples: lenguas, dialectos, germanías. Se trata de dos maneras de resolver una misma cultura portuaria. Las lenguas sofocadas vienen de lejos y la lejanía es propia de todos los puertos. Buenos Aires, confín meridional de Occidente, se instala en su periferia y genera una literatura excéntrica, distante del centro.

Desde el punto de vista filosófico, en nuestros dos escritores se dan versiones matizadas del nihilismo. El anarquismo tiene un componente nihilista que consiste en anular los efectos de la historia, destruir radicalmente el pasado e iniciar una nueva cuenta del tiempo histórico a partir de la revolución. Borges derivó su lejana simpatía anárquico-individualista hacia el nihilismo contemplativo de cierto pensamiento oriental, con su adoración del vacío y su negación del yo.

Es su zona nihilista teológica, por decirlo de alguna manera, en tanto el nihilismo activo se da en sus cuchilleros, duelistas y desafiantes. El pendenciero borgiano se acaba pareciendo sugestivamente al terrorista arltiano, que es también un nihilista activo, alguien que convierte su negativa creencia en la sustancia malvada del mundo en conducta.

En ambos personajes alienta, además, un elemento suicida. Quien va al duelo, a la guerra o al atentado, se expone a la autodestrucción. Su actitud da sentido a una realidad cuya esencia es la vacuidad, la nada, es decir: la radical cesación de todo sentido.

El Astrólogo, cerebro de una secta terrorista en Los siete locos y Los lanzallamas, puede identificarse sin dificultad con Otto Dietrich zur Linde, el personaje de Deutsches Requiem, un torturador nazi, devoto lector de Schopenhauer, que ha atormentado y conducido a la locura y al suicidio a un escritor judío, y está aguardando la hora del castigo, pues descubre que todo lo ha hecho para ser penado y destruido.

El trasfondo teológico de los dos es el mismo: la insuperable maldad intrínseca del ser humano, que trata de poner en escena dicha condición para que sea ejemplarmente castigada.

El reverso del héroe es el traidor y tanto Arlt como Borges se sienten atraídos por las figuras canallas y desleales. El juguete rabioso es un escarnio de novela educativa en clave picaresca, que narra la formación “moral” de un traidor y un soplón. Traidores borgianos no faltan (véase el capítulo anterior).

No es difícil ver, en esta población de violentos y felones, una alegoría social, la de un conjunto humano donde rige la ley de la oportunidad, escalar posiciones en el menor tiempo posible y de cualquier manera, un mundo de logreros y listillos. Son los que protagonizan la Historia universal de la infamia.

Si se examinan las visiones de la ciudad que proponen ambos escritores, se advertirán más coincidencias, más allá del tópico que hace de Borges un letrado que proviene de la literatura y de Arlt, un cronista que emerge directamente de la vida. Siempre la literatura se hace en la vida histórica, porque está alimentada de palabras en cierta lengua, y siempre surge de la literatura. Se podrá decir que hay en Borges mejor literatura que en Arlt, lo cual es opinable, pero no más literatura que en Arlt.

Ítem más: ambos se alimentan de textos traducidos y saberes de segunda mano. Borges lector de enciclopedias y descifrador de literaturas orientales en versiones europeas, y Arlt rebuscador en librerías de lance donde aparecen los filósofos y novelistas rusos en traducciones valencianas, Borges seguidor de Chesterton en la clave propuesta por las traducciones de Alfonso Reyes, y Arlt lector de Dostoievski en clave de Pío Baroja, Borges proponiendo la novela policiaca de modelo inglés como paradigma de la narrativa contemporánea, y Arlt haciendo los mismo con los folletines de Ponson du Terrail y Xavier de Montepin, se muestran como devotos de géneros menores y de fuentes indirectas.

La Argentina llega tarde a la comilona cultural de Occidente y hay que apurar el menú con degustaciones rápidas, como si el país mismo fuera un género menor de la historia universal.

En los años veinte, mientras Borges fatigaba las calles del suburbio en busca de la pared de ladrillo que fuera la vivencia de la eternidad y de la muerte, Arlt, futuro notero del diario El Mundo, recorría similares calles en busca de las escenas necesarias para sus Aguafuertes porteñas. Los resultados de ambas divagaciones, diferencias a un lado de índole retórica, son bastante parecidos.

Su Buenos Aires es una ciudad periférica, caracterizada, precisamente, por sus extrarradios, los que colindan con el campo, que es el pasado, el siglo XIX, rural, belicoso, sangriento, agreste y con cierta bárbara candidez primitiva.

Es una urbe que se examina en el ocaso o la noche, en las horas del ocio y el reposo. El trabajo importa poco en ella, tanto para un Borges hechizado con la nobleza guerrera de los gauchos y los navajeros, cuanto para Arlt, que ve a Buenos Aires como un pedazo de pampa con disfraz ciudadano y a la Argentina como un país del cual juzga: “Es indiscutible que el nuestro es un país de vagos e inútiles, de aspirantes a covachuelistas y de individuos que se pasarían la existencia en una hamaca paraguaya” (“Aristocracia de barrio”).

Ciudad de jubilados que toman el sol y esperan la muerte, ladronzuelos, rufianes, desocupados, carteristas o, por decirlo en jerga arltiana: chorros, escruchantes y lanceros. Hay también prestamistas, quinieleros y mantenidas, y esa curiosa raza del fiacún porteño, “el tipo que hace fiaca”, “el que se tira a muerto”, que holgazanea pero no por pereza, por falta de ganas de trabajar, sino para gozar del ocio, del dolce far niente como si fuera una suerte de actividad pasiva.

Si merodea por zonas industriales como la Isla Maciel, su mirada se detiene en talleres abandonados y barquichuelos fuera de circulación. Las aguafuertes arltianas están más pobladas de tipos que de lugares, son un escrutinio de novelista que busca personajes. Si describe la céntrica calle Corrientes lo hace al amanecer, cuando está despoblada y en los cafés no hay ya actores ni mujeres de la vida, los comercios están cerrados y apenas si se ve algún recadero o canillita (vendedor de periódicos).

En cualquier caso, parece que el único trabajador de la ciudad es el cronista notero, la prueba de cuyo trabajo es, precisamente, el texto del aguafuerte. Por eso hay pocas escenas de conjunto en Arlt, siempre ligadas al ocio, como esa memorable de la descripción de la noche de verano en el barrio, con los corrillos de vecinos que sacan sus reposeras (tumbonas) a las veredas (aceras) y hablan con los de enfrente mientras las niñas casaderas intentan dejar de serlo y los posibles novios “calientan las sillas”.

El escritor como único ser productivo en un mundo ocioso y trapacero, acerca inopinadamente a Arlt y Marcel Proust que, con tanta gracia, dice el notero, “es novelista también”.

Su modelo es Silvio Spaventa, que ha conseguido trabajar de noche en una solitaria oficina, porque es como trabajar disimuladamente, como no trabajar. Hasta podría ponerse al ladrón, “el que trabaja de ladrón”, como modelo del escritor, porque robar y escribir es arrebatar, es apropiarse de lo ajeno.

Según se ve, la ciudad no es un espectáculo a documentar para sus habitantes, que hacen “vida rea y contemplativa”, sino para los provincianos que la visitan o los chicos de suburbio que curiosean por el centro. Más noticias sobre la Buenos Aires de la época pueden recogerse, como es lógico, en los libros de los viajeros ultramarinos – Gómez Carrillo, Jules Huret, Georges Clemenceau, Vicente Blasco Ibáñez – porque el extraño mira atentamente lo que para el lugareño es cotidiano e imperceptible. Lo mismo cabe decir de las visiones antropológicas que harán, a su tiempo, Ortega, Keyserling y Waldo Frank.

Borges vaga, de noche, por callecitas igualmente despobladas, junto a los fantasmas de sus heroicos antepasados, sobre un fondo de esporádicas guitarras y voces de jugadores de naipes, encerrados en algún almacén (ultramarinos o coloniales). Como Arlt, va en busca de los restos del pasado, allí donde la ciudad se extingue en la llanura.

El cronista de las Aguafuertes tiene una mirada que impregnan la literatura y el cine. Los invoca de modo general o mezclando ciudades de África con paisajes de Alaska en la Isla Maciel. Alaska es el fondo de La quimera del oro, el único filme de Chaplin que admira Borges. Lord Dunsany es un escritor citado por ambos.

Arlt añade a Andreiev y Gorki, que le recuerdan las madres en los sainetes de Armando Discepolo, así como los quinieleros, al jugador en la novela homónima de Dostoievski.

Un empleado que camina por una calle parece salido de una novela de Roberto Mariani, los relojeros son anarquistas filosóficos de Baroja y con ellos se mezclan los clásicos cronistas del mundo lunfardo: Fray Mocho, Last Reason, Félix Lima.

Esta mezcolanza de referencias literarias tiene su reflejo en el léxico de Arlt, que une lunfardismos con giros y palabras españolas inusuales en la Argentina, seguramente tomadas de textos peninsulares: holganza, zurrar la badana, gandul, pitanza, cintajo, cuartujo, mal rayo te parta, rúa, portal, liar (por atar), tudesco, hetaira, el verbo reflexivo en enclítico, etc.

Comparados con los textos del realismo argentino, los de Borges y Arlt apuntan al fantasma y al delirio tanto o más que a la observación. Su Buenos Aires está más en el pasado que en el presente y se compone de una babélica referencia de citas literarias. Es más una ciudad inventada que investigada.

Más mito que urbe. Un confín que no acaba de confinarse. Una Cosmópolis que altera constantemente su habla. Una periferia que juega a ser moderna pero que se fascina con sus arcaísmos. Está viva y la vida nunca sabe bien lo que es. Por eso Borges la juzga “tan eterna como el agua y el aire.”

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo forma parte del libro Lecturas americanas. Segunda serie (1990-2004). La primera serie de estas lecturas abarca desde el año 1974 hasta 1989 y fue publicada por Ediciones Cultura Hispánica (Madrid, 1990). El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.


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