Se armó un Tiberio

Humanidades

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Como otros personajes de penoso recuerdo, los tiranos modelan un estilo vital que cristaliza en modismos y refranes. Atento a esta declinación de la historia, José María Iribarren identifica al emperador Tiberio con la pendencia, el alboroto o el desorden. Se armó un Tiberio, decimos, y con ello el lenguaje común se basta para expresar los peores desmanes.

Es inevitable sentir curiosidad por esta frase, anclada en una figura cuyas glorias quedan oscurecidas por la leyenda negra. El protagonista del dicho, el gran Tiberio, por su linaje nombrado Claudio Nerón, vino al mundo en el 42 antes de Cristo y pereció en el 37 de nuestra era cristiana.

La lealtad al poder no le impidió estudiar con humildad, aunque el catálogo de sus preferencias incluyera también el uso de la espada y el cuchillo.

Como hombre de armas, se distinguió en Armenia, la Galia transalpina, Germania e Hispania. Contrajo matrimonio con la hija de Octavio Augusto, Julia, quien por cierto prefirió la compañía de otros amantes.

Aunque Tiberio cultivó hábitos políticos irreprochables, la fortuna le fue adversa. Por ejemplo, fracasó en sus acuerdos con el Senado, cuyos miembros más audaces intrigaron contra él.

Con todo, el más tortuoso maniobrero de su época fue Elio Seyano, llamado Sejano en otros textos. Indudablemente, su compañía fue muy negativa para el emperador, y no faltan los analistas que consideren a ese truhán el responsable del descrédito de Tiberio. Como es norma en los de su estirpe, Seyano intentó alcanzar el trono, y ello le valió la deshonra y la condena a muerte.

Tampoco Tiberio mereció un final dichoso. Aprovechando una crisis cardiaca del emperador, el prefecto Macrón acabó con su vida. Como ahora veremos, la mala fama le sobrevivió largamente.

José María Sbarbi, citado por Iribarren, alude a los excesos de Tiberio en el Gran diccionario de refranes de la lengua española (1943).

Entre otros delitos, Sbarbi achaca al emperador la muerte de Julia, su mujer, y también las de Germánico, Agripa, Druso, Nerón, Seyano e infinidad de parientes y amigos.

El retrato se tiñe de sangre y por ello asegura el lingüista que no hubo familia en Roma que dejara de contar entre sus miembros alguna víctima sacrificada por aquel caudillo abominable. Ello explicaría la intención del modismo que nos ocupa.

Menos dramático en su glosa es Joaquín Bastús, quien se ocupa del dicho en La sabiduría de las naciones o Los evangelios abreviados (1862-1867).

En su opinión, la frase habrá un Tiberio equivale a una comilona con jaleo y gresca. Al decir de nuestro erudito, acá se habla de diversión de baja esfera, de regocijo de mal género, de ése que en ocasiones origina porfías.

Por lo demás, ignora Bastús si la expresión proviene de los muchos desórdenes que cometían los hijos del Imperio durante la celebración del primero de mayo, reprimidos luego por el emperador Tiberio; o bien procede de las peores objeciones que pueden alegarse en contra del mismo mandatario.

Dado su respeto por Bastús, es inevitable que Iribarren comparta, sin resolverla, esta misma duda.

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí, bajo seudónimo, en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.


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