El pensamiento de Hitler

Humanidades

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El 20 de abril, en una población de Alta Austria, Braunau sobre el Inn, nace Adolf Hitler. La Revolución Francesa no podía festejar mejor su centenario que dejando a la historia engendrar su más radical enemigo y uno de los mayores fóbicos de la misma Francia. Entre 1907 y 1913, Hitler elaborará, en Viena (caldera del diablo centroeuropea donde todo cuece, el nazismo incluido) su Weltanschauung, su intuición del mundo.

 El político de programa y el pragmático se unen en ella sobre una base de granítico fanatismo. Es la intuición cósmica que falta en la política alemana de preguerra. Es cristiana y popular, en oposición a las formuladas por el judaísmo, el marxismo y el internacionalismo.

Una utopía analítica que sustituye a los dioses que Nietzsche ha decretado muertos, en que todas las contradicciones se concilian en la figura del conductor, el Führer. El líder tiene su novela familiar. Extranjero pero germánico, tal vez de ancestros judíos pero antisemita, es un profeta que, en sus comienzos, como corresponde, sólo entienden unos pocos.

Por fin, las masas lo reconocerán, cuando adviertan en él la encarnación del espíritu popular profundo, es decir: nocturno y abisal. Hermann Rauschning definirá, en 1938, durante los años triunfales de Hitler, el nacional-socialismo como una revolución sin doctrina, un nihilismo cuyo único fin es la subversión total de los elementos que constituyen el orden.

Una exaltación del dominio puro, que se legitima a sí mismo en la prueba suprema de la dominación. El manejo que Hitler hará de una guerra que pudo ganar y en la que resultó destruida Alemania y autodestruido el propio nazismo, parecen la prueba empírica de este delirio del caos científicamente instrumentado, suerte de danza dionisíaca nietzscheana bailada por un ballet provincial.

El nazismo es pura dominación sin contenido. Su antijudaísmo apenas resulta el mínimo concreto que hace falta para visualizarlo, convirtiendo al enemigo invisible en visible.

Ya Harold Laski explicó que Hitler sólo valora realmente el poder y que actúa con absoluto oportunismo, montando una máquina de guerra que procura aterrorizar a todos, adversarios y adherentes, de modo que observen la misma conducta, con abstracción de sus convicciones, que desaparecen en la nada del terror, como el resto de los elementos del orden.

Edgar Alexander habla de un nuevo mahometismo fundado en el odio. Georg Lukács, de una síntesis entre imperialismo alemán y técnicas de publicidad norteamericanas. No hay verdad ninguna en él; la llamada, por los nazis, «verdad eterna», es una abstracción que se identifica con las leyes de la naturaleza, que se explicitan en la victoria del más fuerte.

Frente a las ideologías burguesas, que son parciales y, finalmente, relativas (esto se institucionaliza en el sistema electoral y el parlamento) Hitler propone un nuevo absolutismo: querer todo o querer nada. Tal vez, como conjetura Borges en su Deutsches Requiem, quiere su propia aniquilación, en una pura acción tanática. Dominar el mundo y, si ello es imposible, destruirlo. Todo esto no impide a los «ideólogos» del nazismo (contradicción en los términos) invocar como fuentes aDarwin, Gobineau, Fichte, etc., tal como hacen Alfred Rosenberg, Gottfried Feder y otros.

Ciertos autores, como Walter Gorlitz y Herbert Quint, prefieren pensar que el nazismo no existe como cuerpo de doctrina, que es puro y simple hitlerismo. Cabe pensar entonces qué habría sido de Alemania sin Hitler.

Tal vez, la astucia de la historia lo habría creado con otro nombre y bajo un aspecto más acorde con los héroes atléticos, rubios y armoniosos que decía venerar. Los presupuestos doctrinarios que derivan de una base teórica tan elemental son bastante simples. Ante todo, la concepción nazi de la política: un combate de fuerzas naturales (nietzscheísmo vulgar) cuya única norma es la ley de la jungla. Luego, el Estado alemán: la reunión de todos los alemanes en torno a sus elementos raciales originarios.

El nazismo no es, como la civilización burguesa o la revolución socialista, un resultado de la historia, sino su negación (en esto se toca con el otro nihilismo, el libertario). Unidos en lo interno, los alemanes se lanzan a la conquista del mundo exterior, conducidos por el líder, en cuyas manos el Estado totalitario y el partido único son meros instrumentos.

El conductor es omnímodo e inocente a la vez, pues no responde ante organismos políticos por la buena o mala aplicación de la inexistente doctrina. La historia es una dinámica en forma de ciclo, en que los pueblos se enfrentan dominados por instintos autónomos, los cuales pueden ser bien o mal orientados por el líder.

Como los animales, el hombre es inmodificable. Lo mueven el amor y el hambre; fuerzas primordiales que producen y reproducen la vida. Organizado en pueblo, el conjunto busca y ocupa su espacio vital. En contra del humanismo burgués, Hitler concibe la naturaleza, única realidad humana, como creadora de desigualdades, algo esencialmente aristocrático.

Su economía consiste, simplemente, en que el fuerte domina al débil y lo somete a sus necesidades, o lo elimina, mejorando la especie por la selección de los mejores (los más dominantes). Por ello, el estado natural del hombre es la guerra. Queda aquí poco espacio para la política, el arte de cultivar los valores de la raza e incorporar sujetos al partido único. Su fin no es el gobierno de las mayorías, sino de los mejores exponentes de la raza, hasta ungir como líder al héroe y al militar que conduzca al frente interno contra los enemigos externos.

Como se ve, la teoría hitleriana es vulgar. Lo extraordinario es su praxis. Consiste en orientar, finalmente, todas sus fuerzas destructivas contra sí mismo, es decir lo opuesto a lo manifiesto en su discurso. En 1940, un emperador inteligente habría logrado, en el lugar de Hitler, la fundación de una Europa unida y perdurable. El Führer la aniquiló.

Hitler fue europeo en el más triste y mísero sentido de la palabra. Fue europeo en tanto eurocéntrico, en una época en que Europa había dejado de ser el centro del mundo.

Desdeñó la importancia de Rusia y los Estados Unidos, y creyó, irracionalmente, que los judíos (mucho más poderosos y plutocráticos en su fantasía que en la realidad) corromperían la Revolución Rusa y harían caer a los soviets. Su política universal lo fue sólo literariamente.

En ese orden su visión resultó provinciana, bien que la provincia de que se reclamaba fuera la Europa de sus delirios. En lugar de organizar un imperio como universo, según el modelo inglés, Hitler exacerbó la omnipotencia nacionalista en una época de efectiva decadencia de las naciones como sujetos de la historia. Su fobia contra todo lo internacional (bajo diversas formas: marxismo, masonería, judaísmo, humanitarismo cosmopolita) lo condujo a considerar que hasta la Inglaterra de Churchill y la Italia del mismísimo Mussolini estaban dominadas por los judíos.

Confundió a éstos con el capital financiero y monetario, otorgándoles unos poderes demoníacos que terminaron por encarnarse en la coalición que lo derrotó. En este sentido, el hitlerismo fue la puesta en escena de los terrores pequeño burgueses ante el gran capital, fundidos al miedo simétrico, el de la subversión obrera. Había que vincularlos y el judío de Hitler sirvió de nexo entre las pesadillas del aterrado Spiessbürger alemán de los treinta.

Hitler encarna, de otra parte, los terrores suscitados en la humanidad industrial por el vertiginoso desarrollo del capitalismo en general. Un secreto horror del aprendiz de brujo ante las fórmulas mágicas del maestro lleva a pensar, en el extremo del delirio persecutorio, que es mejor volver al idílico origen y una elemental humanidad, gobernada por sentimientos ingenuos y brutales, que seguir el camino del progreso, habiendo perdido el rumbo del viaje.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.


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ISSN 1989-8584