La novela colonial
Escrito por Guzmán Urrero Viernes 06 de Abril de 2007 18:03

La más inofensiva de las expresiones colonialistas es la literatura. Salvo algún que otro deslizamiento racista, sin duda propio del XIX, lo cierto es que las narraciones surgidas con el impulso expansivo de los Imperios decimonónicos incluyen los típicos lances del folletín.
En todo caso, los autores suelen atenerse al arquetipo exótico, y aunque su etnocentrismo escapa hoy de lo políticamente correcto, conserva cierto encanto aventurero al que no son inmunes los lectores contemporáneos.
Decía Borges que la epopeya es una de las necesidades del alma humana, y sin duda la incluyen entre sus hábitos novelistas ingleses como Percival Christopher Wren, autor de Beau Geste (1924); Henry Rider Haggard, responsable de peripecias africanas como Las minas del rey Salomón (1885); y por supuesto, Rudyard Kipling, cronista tenaz y refinado de la tentativa británica en el Indostán. Tanto los citados como otros autores de esfuerzo análogo aún se prestan a la adaptación cinematográfica, y ello explica el prolongado auge de la novela colonial entre los angloparlantes.
Es de curiosa observación que la mitología victoriana respondiera a esa necesidad épica, a diferencia de lo que sucedió en el orbe hispánico, carente de este tipo de efusiones aventureras. En nuestro siglo XX, decir novela colonial supone, por poner un caso, hojear textos de don Salvador de Madariaga como El corazón de piedra verde (1942), o repasar el horror de la guerra en Marruecos a través de los ojos de Ramón J. Sender en Imán (1930). Dicho de otro modo: un simulacro escasamente optimista, carente por completo de connotaciones caballerescas y recatado ante las glorias del guerrero.
El abuso de este procedimiento, justamente por insistir en lo más crudo y atroz de la historia ibérica, suele conducir a una contrafigura de lo imaginado por Wren o Haggard. Así, pues, que nadie busque paladines, insolencia o coraje en este trecho.
Con todo, hay quien ha sucumbido a la seducción de la lejanía y de las peripecias imposibles. Juan Perucho nos da la clave cuando escribe: “Manila era una típica ciudad colonial española, teñida de orientalismo”. La amistosa sugestión domina el resto del párrafo: “Al fondo de la gran bahía, junto al río Pásig, se alzaban los bastiones y los fuertes de la ciudad, emergiendo de una ensoñada maraña de lianas, flores rojas, hojas (muy anchas) de arbustaciones desconocidas (dabdab, anono, balete), orquídeas como voraces insectos e intrincada maleza de un verde restallante, todo ello como si se viera al trasluz de una delicada pintura china sobre papel trasparente”. (La guerra de la Conchinchina, Barcelona, Plaza & Janés, 1986, p. 113).
¿Acaso no surge acá la sensación de estar reinterpretando a Kipling? El acuerdo es comprensible, pero entiendo que supone una excepción.
Acierta Antonio M. Carrasco González al señalar que en España “abundaron relativamente los libros de viajes, memorias y recuerdos y las descripciones turísticas. Pero no hay novelistas típicamente coloniales. No hay autores cuya obra se desarrolle exclusivamente en un ambiente de colonia”. Contra ese desdén, dicho ensayista recopila los libros que mejor se ajustan al troquel. Comienza por los Viajes de Ali Bey, de Domingo Badía y Leblich, y el Manual del oficial en Marruecos, de Estébanez Calderón. El catálogo se enriquece gracias a don Adolfo Llanos y Alcaraz, autor de Siete años en África. Aventuras del renegado Sousa en Marruecos, Argelia, el Sahara, Nubia y Abisinia (1870). Al decir de Carrasco, el narrador granadino Isaac Muñoz “es el más interesante de los autores dedicados a la novela oriental”; afirmación que confirman títulos como La fiesta de la sangre (1909), Lejana y perdida (1913), Bajo el sol del desierto (1914) y Esmeralda de Oriente (1914).
A favor de la misma tendencia se movieron Pedro y Maximiliano Raida, Antonio Vera Salas y José María López.
Los modos de narrar son bien distintos en las tres novelas de Annual: la precitada Imán, de Sender, El blocao, de José Díaz Fernández, y La forja de un rebelde, de Arturo Barea. Por ese motivo, hemos de negar nuevamente la realidad de una literatura colonial española. A modo de curiosidad literaria, los casos de Isaac Muñoz y de Pedro y Maximiliano Raida quedan más cerca de este litoral genérico. Por supuesto, no hablamos de autores específicamente coloniales, sino de unos escritores que Carrasco juzga “fascinados por la ambientación exótica y la novedad ambiental” (La novela colonial hispanoafricana. Las colonias africanas de España a través de la historia de la novela, Madrid, Casa de África, Sial Ediciones, Madrid, 2000, p. 146).
A partir de la década de los sesenta, y sobre todo en los últimos años, cierta novela española traduce la percepción aventurera y exótica con regocijo y desdeñando el recato de otro tiempo. Casi sin interrupción, obras como las de Alberto Vázquez Figueroa ocupan los estantes de las librerías y distraen a esos mismos lectores que disfrutaron del género en su infancia. Al cabo, el borrador es idéntico. Sólo cambia el modo de reflejar las imágenes más asombrosas: aquellas que provienen del enfrentamiento con lo desconocido en una tierra vasta y peligrosa.
(La primera versión de este artículo fue publicada por el Centro Virtual Cervantes)
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