El Caballero Audaz
Escrito por Guzmán Urrero Miércoles 14 de Enero de 2009 15:40

Con justicia, Federico Carlos Sainz de Robles sitúa a José María Carretero, “El Caballero Audaz”, entre los promotores de El cuento semanal de menor jerarquía novelera (La promoción de «El cuento semanal» 1907-1925, Espasa-Calpe, 1975, pág. 260).
Claro que esta descripción es sensiblemente diversa de las que aplica el tratadista a otras figuras de la novela popular. Pero hay algo que de inmediato despierta el interés, y que bien podemos resumir en una pregunta: ¿Por qué se posterga hoy a un autor que, en su fecha, figuró entre los más divulgados? Aunque sólo fuera por semejante decadencia en su fama, Carretero constituye ya de por sí una figura heterodoxa. Naturalmente —habrá ocasión de comprobarlo—, al perfil vienen a sumarse otro tipo de excentricidades.
Según figura en sus biografías, nació nuestro personaje en Montilla, en 1888, y falleció en Madrid, en 1951. Puesto a relatar cuanto sucedió entre ambas fechas, el propio escritor quiso convertir su vida en un tema novelable.
De ahí que, bajo el rótulo Lo que sé por mí (Confesiones del siglo), publicara tan extensa evocación bajo los auspicios de Mundo Latino, a partir de 1922. Cosa curiosa: cuando llega el momento de explicar su primer empuje literario, el memorialista emplea recursos de melodrama:
"Mi padre —escribe— era un hidalgo que labraba sus tierras, se preocupaba de sus políticos predilectos y me tomaba las lecciones de bachillerato. Un día, cuando yo tenía doce años, se presentó el fantasma de la filoxera y asoló las vides; mi pobre padre quedaba arruinado; entonces, en aquellos momentos de angustia suprema, tendieron la vista buscando el horizonte por donde había de volar yo para ganarme la vida por mi cuenta" (Tomamos la cita de Antonio Cruz Casado, «El Caballero Audaz entre el erotismo y la pornografía», en Cuadernos Hispanoamericanos, n.º 463, enero de 1989, pág. 99.)
En Madrid, donde su hermano Manuel había obtenido la licenciatura, el joven Carretero buscó trabajo en la muy pujante prensa local. Ocupó un puesto como ayudante de fotógrafo y más tarde alternó las tareas de la redacción con un cargo municipal.
Luego de ver impreso su primer relato en el periódico Nuevo Mundo, los responsables de la compañía Prensa Gráfica le abrieron las puertas de varias de sus principales publicaciones. Fue por esta época cuando adoptó el seudónimo de El Caballero Audaz, con el cual dio a conocer una serie de entrevistas en La Esfera. A partir de ahí, el favor del público engrandeció cada vez más su prestigio.
Cruz Casado distingue tres fases en su actividad narrativa. Entre 1908 y 1918, se completa su periodo formativo. Publica la obra de teatro El redimido (1908), novelas como La virgen desnuda (1910) y Desamor (1910), y los cuentos del volumen El pozo de las pasiones (1916). La segunda etapa va desde 1919 hasta 1929, y coincide con su apogeo. La fama lo tonificó, aunque también fijó sus limitaciones.
A través de colecciones como La novela semanal; La novela corta y La novela de hoy, El Caballero Audaz divulgó novelitas sicalípticas al estilo de La bien pagada (1920), La sin ventura (1921), La paz del camino (1922), Los celos viven (1924) y La ciudad de los brazos abiertos (1926).
Justamente en el preámbulo de Los celos viven, leemos una descripción de sus modos narrativos:
"La fisonomía literaria de El Caballero Audaz tiene rasgos francos, enérgicos y expresivos. Nada tan lejos del hermetismo seco, del conceptismo alambicado o de la pedantería desdeñosa que acusan otros temperamentos de escritor y los aíslan del contacto público, como esa fuerte simpatía que irradia la obra de El Caballero Audaz" (La novela semanal, n.º 147, 3 de mayo de 1924, pág. 3.)
Según Cruz Casado, el periodo final de este trayecto comienza en torno a 1929. Sus características principales: la insistencia en el tópico seductor y un progresivo escoramiento hacia posiciones antirrepublicanas. No en vano, El Caballero Audaz fue un claro defensor del general Primo de Rivera, y más tarde actuó como propagandista de los nacionales durante la guerra civil.
Títulos como La Venus bolchevique (1932) delatan un impulso panfletario, llevado luego hasta la insensatez.
Lejos ya de la desenvoltura bohemia de sus inicios, el trecho último del escritor nos sirve para entender el olvido de que hoy es objeto. Ningún triunfador se ha impuesto con más autoridad para luego adoptar poses de predecible antipatía.
Excesivo en lo cotidiano, políticamente caprichoso, habiendo disfrutado del éxito y propiciado la envidia, Carretero practicó durante sus últimos días una sumersión en las profundidades más opacas de la vida literaria.
Sólo la simpatía por las rarezas puede emplearse hoy para justificar una revisión de su desmedido universo.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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