Recuerdo de María Casares (1922-1996)
Escrito por Blas Matamoro Martes 06 de Julio de 2010 10:29
La jovencísima actriz que lanzaron Marcel Carné y Robert Bresson en una Francia todavía ocupada y beligerante, era española y no había actuado en España.
De pequeña debió salir de su país, siguiendo el exilio de su familia, y «traducirse» al francés.
Su acelerada dicción podía hacer sospechar que un idioma tan bien pronunciado era, finalmente, extranjero.
Y, no obstante la iluminación del cine de estudio, ese óvalo poderoso, la mordiente sonrisa y la rasgada fijeza de sus ojos tenían algo de racialmente exótico.
Jean Cocteau le asigna, por dos veces, en Orphée y Le testament d'Orphée, la personificación de la Princesa, que es la Muerte.
Casares hace una Parca española, luctuosa y vestida de fiesta, una dama que asiste a una corrida de toros con el duelo predispuesto, andares de maja y acentos subterráneos en la voz.
María cumplió escasas incursiones en el teatro de su lengua materna.
En los años sesenta, en Buenos Aires, la dirigieron Margarita Xirgu y Jorge Lavelli, en la Yerma lorquiana y Divinas Palabras de Valle-Inclán.
Su pronunciación, de tan perfilada, sonaba también a exótica.
¿De qué país había partido María Casares para actuar en francés en París y de qué país iba a decir en castellano, a Buenos Aires?
Otro intento, posterior a la muerte de Franco, en 1976, con El adefesio de Rafael Alberti, tampoco logró afincaría en el mundo de habla española.
Tal vez la debilidad del texto contribuyó para que su paso por España, fuera eso, estar de paso.
Más que su arte en la composición de personajes, más que su cuidado en el decir palabras de especial carga poética o filosófica -los clásicos, Sartre, Camus- María Casares exhibía la sugestión de ese «estar de paso», de no se sabe dónde a no se sabe dónde.
Por eso le queda tan bien ese rol de la Muerte Viva, que seduce al poeta, Orfeo, y acaba seducida por él y dimitiendo de su cometido fatal.
La Muerte está de paso por la vida y, sin embargo, ocupa todos los lugares. Española de habla francesa, española de habla española, no era de ningún lugar preciso y era, a la vez, de muchos y de todos. En cierta ocasión,
Casares confesó que, tras intentos más o menos ilustres de configurar una pareja, se había casado con un hombre de los Balcanes, porque le parecía gitano. Un hombre siempre en disposición de partida, que anda por todas partes y no pertenece a ninguna. Un cómico de la legua, de esos que pueden llamarse Moliere o Wühelm Meister. Con un añadido: cuando María deambulaba por lugares impropios, hacía con ellos un universo y todos la seguíamos.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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