Historia del Cine III. Los años 10

Clásicos del cine

Historia del cine

Ante los avasalladores recursos del cine norteamericano, el cine italiano buscó la espectacularidad en cintas como Los últimos días de Pompeya (1907).

Pathè se rodeó de personas que se hicieron cargo de la dirección de películas, cuya experiencia fue consolidándose a fuerza de cometer errores. Así, Ferdinand Zecca desarrolló una carrera prolífica a su sombra, siempre funcional y abordando muchos de los temas que fueron recurso común entre los directores de la época. Dirigió Las víctimas del alcohol (1901), El amante de la luna (1905) y, entre ambas, uno de sus trabajos más destacados, Vida, Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo (1902-1905), una larga historia muy bien dirigida.

De la misma forma actuó Gaumont, quien no sólo dio oportunidad a Alice Guy de convertirse en la primera directora, sino que supo también rodearse de directores que le reportaron mucho prestigio, como Victorin Jasset y Louis Feuillade.

El cine se afianzó artísticamente sobre la producción de una serie de películas denominadas Películas de Arte (Film d’Art), un modelo impulsado por el banquero y empresario Paul Lafitte con la colaboración de miembros de la Comedia Francesa e intelectuales diversos.

Uno de los títulos más representativos del movimiento fue El asesinato del duque de Guisa (1908), que bajo un nivel creativo muy teatral permitió difundir el cine entre las clases sociales más altas, hecho que despertó el interés de Pathé y le llevó a crear inmediatamente una sociedad (la Sociedad Cinematográfica de Autores y Gentes de Letras) para producir el mismo tipo de cine que Lafitte.

Fueron años de euforia para el cine francés, pues los dos grandes empresarios, Pathé y Gaumont, lograron alcanzar un ritmo de producción muy alto y sus películas se programaron en todo el mundo. París se convirtió en la capital cinematográfica por excelencia. Las dos principales productoras se encargaron de lanzar a algunos de los grandes nombres del cine cómico de la época, como André Deed y Max Linder. El primero protagonizó una serie de historias grotescas, mientras el segundo creaba un personaje con estilo, un hombre de clase.

Fue asimismo una época en la que se desarrollaba con gran intensidad un nuevo formato: el serial, que confirmó el deseo de producir películas más largas en duración. No obstante, como todavía no se había asumido el largometraje como formato de programación, los productores diseñaron el modelo de historia por entregas –en las que se hacía especial hincapié en un final de suspense que animase al espectador a ver el siguiente episodio– con el fin de aprovechar mejor los argumentos.

Surgieron así las películas de Victorin Jasset para la Eclair (Nick Carter, 1908; Zigomar, 1911), que entre otras producciones le consolidaron como uno de los pilares del cine francés, y las de Louis Feuillade, quien demostró su gran dominio del relato en las historias de Fantomas (1913).

El cine francés abría una importante puerta a las adaptaciones de los grandes maestros literarios como Emilio Zola y Victor Hugo, y también permitió la consolidación de uno de los grandes maestros del cine de dibujos animados, Émile Cohl.

En la línea del Film d’Art se movía el cine español, sustentando su producción en las comedias y los dramas de gran tradición literaria. Era sorprendente que en una cinematografía con escasos recursos económicos tuviese la osadía de participar en La vida de Cristóbal Colón y su descubrimiento de América (1916),  una coproducción con Francia de presupuesto desmedido (un millón de pesetas de la época).

Mientras los productores norteamericanos se decantaban por las tierras californianas para rodar muchas de sus películas, en Europa los italianos se centraron en fastuosas epopeyas clásicas, como Quo Vadis? (1913), de Enrico Guazzoni y Cabiria (1914), de Giovanni Pastrone.

Por estas fechas, se hablaba ya del cine como Séptimo Arte. Todo se debió al Manifiesto de las siete artes, hecho público por Riciotto Canudo en 1911. En todo caso, basta revisar las cintas del sueco Victor Sjöström para comprender en qué medida las películas podían llegar a ser un hecho artístico.

En Estados Unidos, se trataban de mitigar las consecuencias del enfrentamiento entre MPPC y la Independent Motion Picture Dristributing and Sales, con un enérgico Carl Laemle al frente de la misma.

No obstante, estas luchas empresariales sirvieron en gran medida para que empresarios como Adolph Zukor, Carl Laemmle, los hermanos Warner, Marcus Loew, Samuel Goldwyn y William Fox, que ya habían entrado en el mundo del cine como exhibidores en los primeros años del siglo, comenzaran a consolidarse como productores, con algunas de las firmas que unos años más tarde darían origen a las más importantes empresas de producción: Paramount, Universal, Warner Brothers,  20th Century Fox...

Adolph Zukor fue el promotor de un nuevo y perdurable concepto de industria. Comenzó contratando a directores y actores importantes, se unió a otros empresarios para consolidar una empresa de producción con cierta estabilidad (la Paramount), llegó a establecer varios tipos de programas para las salas y, al mismo tiempo, diversas fórmulas de contratación con los exhibidores.

Pronto tuvo muchos seguidores, y con ellos el naciente Hollywood comenzaba a andar por los caminos más firmes, dado que por estos años diez, en su aspecto creativo también se había situado en los niveles más altos de madurez con las aportaciones singulares de David Wark Griffith, sobre todo con sus películas El nacimiento de una nación (1915) e Intolerancia (1916).

Cuando David W. Griffith sentó las bases de una estructura narrativa propia, la industria del cine comenzó a sentirse más segura y se alejó paulatinamente del lastre culturalista para centrarse de lleno en el entretenimiento, definiendo con ello el concepto de espectáculo.

Si Griffith consolidó definitivamente el lenguaje cinematográfico, la industria norteamericana confirmaba que además de buscar la comercialidad de sus productos también tenía en cuenta la aportación creativa de los mismos. Es así como se realizaron numerosos westerns, un género plenamente cinematográfico.

En el seno de la industria ya se apreciaba un gran movimiento humano, y no sólo por la contratación de actores, técnicos y directores, sino porque muchos de estos profesionales se independizaron creando sus propias productoras. En el plano financiero, la fama le sonreía a Mary Pickford, a las hermanas Lillian y Dorothy Gish, a Theda Bara, a Douglas Fairbanks, a Rodolfo Valentino y al cowboy Tom Mix.

Mack Sennett impulsó la más efectiva fábrica de cine cómico, en la que se hicieron famosos sus “Keystone Co.” y de la que surgieron nombres que iban a serlo todo en el cine humorístico: Charles Chaplin, Harold Lloyd, Mabel Normand, Gloria Swanson, Roscoe Arbuckle, Wallace Beery, W.C. Fields, Marie Dressler y Harry Langdon.

De las restantes y numerosas cintas que sobresalieron durante esas dos primeras décadas del siglo, escojo el siguiente listado que, si bien es incompleto, puede resultar representativo: A Corner in Wheat (D.W. Griffith, 1909), Drive for Life (D.W.Griffith, 1909), Ingeborg Holm (Victor Sjöström, 1913), Cabiria (Giovanni Pastrone, 1914), The Cheat (Cecil B. DeMille, 1915), Les Vampires (Louis Feuillade, 1915), Judex (Louis Feuillade, 1916), El proscrito y su esposa (Victor Sjöström, 1917) The Immigrant (Charles Chaplin, 1917),  La carreta fantástica (Victor Sjöström, 20), Blind Husbands (Eric von Stroheim, 1919) y El canto de la flor escarlata (Mauritz Stiller, 1919).

Imagen superior: Les vampires (1915), de Louis Feuillade © Societé des Etablissements L. Gaumont, Columbia TriStar Home Video. Reservados todos los derechos.

Este artículo contiene citas de otros estudios que publiqué previamente en las revistas Todo Pantallas y Cuadernos de Historia 16, en la Enciclopedia Universal de Micronet, y en los libros Historia universal del cine (Planeta, 1982), Guía histórica del cine (Film Ideal, 1997) y La cultura de la imagen (Fragua, 2006).


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ISSN 1989-8584