
No sé ustedes, pero a mí me gustan las naves espaciales. Quiero decir que disfruto con esos diseños imposibles que nos regala el cine.
Sin ir más lejos, adoro los dirigibles que sobrevuelan el planeta Mongo, los spinners de Blade Runner y esos cazas imperiales que, al decir de más de un ingeniero, difícilmente podrían sobrevolar los polvorientos secarrales de Tatooine.
Los cinéfilos veteranos sabemos que ninguno de esos artefactos existirá jamás. Y sin embargo, a casi todos nos encantaría pilotarlos, o al menos palpar su carcasa plateada, quizá porque nuestros sueños se han ido moldeando a paso de manivela, bajo el destello parpadeante de un proyector en una sala de programa doble.
Pasen y vean. El viaje se inicia aquí...
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