NOVEDAD Bizancio Esta fascinante obra redescubre el Imperio bizantino a través de episodios y temas tan atractivos como la construcción de Santa Sofía, la iconoclasia, el papel de los eunucos o las Cruzadas.
LIBRO RECOMENDADO Relatos sombríos Relatos que fluctúan entre lo perverso y lo melancólico; historias de corazón, entrepierna y tumba; cuentos de amargura sosegada y de pasiones infernales. En este recopilatorio no abunda la felicidad, pero sí la imaginación con buena letra.
NARRATIVA El otro mundo Conocido por sus críticas cinematográficos y libros sobre el séptimo arte, Hilario J. Rodríguez se está forjando una merecida fama como novelista. En El otro mundo nos sirve una obra de estilo autobiográfico excelentemente escrita.
LIBROS DE HISTORIA Los olvidados Por ÁLVARO COLOMER Los olvidados (Debate) detalla la historia de los cientos, miles de norteamericanos que en los años 30, cuando Estados Unidos sufría la Gran Depresión, emigraron a Rusia creyendo que el modelo soviético les aseguraría un techo bajo el que cobijarse. Se equivocaron.
LITERATURA JUVENIL El ladrón del rayo
Primera entrega de la saga Percy Jackson y los dioses del Olimpo, este libro lleva los mitos griegos a terreno estadounidense de una manera divertida pero respetuosa.
Una vez más, Gore Verbinski retorna a las Bahamas y pone en marcha su atracción pirata.
No, no he elegido mal la etiqueta, porque de una atracción hablamos. Tan divertida, excesiva y acaso surrealista como ese circuito de autómatas que funciona en Disneylandia desde 1967, y en el que una cofradía de corsarios asalta un pueblo criollo a los sones de la canción Yo Ho (A Pirate's Life for Me).
Ése es el origen de la franquicia, y lo cierto es que este remate de la trilogía de Bervinski cumple con los mismos principios que caracterizan a su referente: violencia inofensiva y humor de todas las graduaciones.
Aún me sorprende que la primera película –un sleeper veraniego, con un presupuesto muy ajustado– diera lugar a un ciclo que todavía anuncia nuevas prolongaciones. Incluso su punto de partida –adaptar al cine una atracción de un parque temático– parecía por aquel entonces descabellado.
Con todo, si Bervinski se quejaba de que la entrega inicial tuvo ciertos inconvenientes en sus finanzas y en su calendario de rodaje, lo cierto es que ahora debe de pensar justamente lo contrario. De cualquier modo, hablo de un artesano discreto, respetuoso con sus patrones, y aún es mucho más lo que ignoramos que lo que sabemos acerca de sus dificultades con aquel largometraje.
Tras el éxito abracadabrante de El cofre del hombre muerto, un éxito cuyas cifras circulan como las de una apuesta ganadora, Jerry Bruckheimer ha demostrado una vez más que se trata del productor con mejor olfato y más suerte de todo Hollywood.
El actor Tom Hollander lo expresó con una metáfora: “Formar parte de la tercera película más taquillera de la historia del cine es como trabajar con el hombre que descubrió la penicilina”.
Escrita por Ted Elliott y Terry Rossio, Piratas del Caribe. En el fin del mundo es una cinta sumamente entretenida, casi tanto como la que inició la saga. Al igual que sucede con tantas otras películas recientes, su metraje (tres horas) parece adecuarse a las exigencias del DVD, de suerte que uno abandona la sala con la impresión de haberse leído de una sola tacada, y sin descanso, una novela de Emilio Salgari seguida de otra de Rafael Sabatini.
Menciono a estos dos autores porque no escasean en esta cinta las referencias a ambos. Quienes hayan leído obras de Salgari comoLa perla del río rojo disfrutarán de lo lindo con los piratas chinos del malvado Sao Feng (Chow Yun Fat). Y los seguidores de novelas de Sabatini como El Capitán Blood, entenderán mejor los motivos que mueven a Will Turner (Orlando Bloom), Elizabeth Swann (Keira Knightley), el Capitán Barbossa (Geoffrey Rush) y Jack Sparrow (Johnny Deep).
Para satisfacer a los seguidores de la fantasía nostálgica –una moda que debe mucho a las producciones de Stephen Sommers–, Piratas del Caribe incluye asimismo una buena dosis de elementos sobrenaturales. Así, el inquietante Lord Cutler Beckett (interpretado por ese soberbio actor shakespeareano que es Tom Hollander) se hace cargo delHolandés Errante, el barco de Davy Jones (Bill Nighy), y con su la ayuda de su tripulación fantasmal, planea destruir a la plana mayor de la piratería.
El enfrentamiento abarca los lugares comunes del subgénero: desde feroces bestias acuáticas y remolinos gigantescos hasta deidades marinas tan formidables como la mismísima Calipso.
Viendo la película, me vino a la memoria un entretenido libro de Tim Powers, En costas extrañas (On Stranger Tides, 1987), en el que Ron Gilbert se inspiró para diseñar la saga MonkeyIsland.
Si no recuerdo mal, la novela de Powers entrecruzaba la piratería caribeña del XVIII y la legendaria fuente de la eterna juventud. Por el camino, toda una retahíla de mágicos acontecimientos convertían aquella lectura en una feliz experiencia.
No me cabe duda de que Elliott y Rossio ha leído la obra de Powers. También han repasado historias de la piratería como las de Gosse, Exquemelin y Defoe (De hecho, incluyen entre los Señores Piratas a bucaneros históricos como el Capitán Chevalle, Gentleman Jocard, la Señora Ching y Sri Subhajee). Quizá el problema –la paradoja, por así decirlo– es que han leído demasiado (El rayo verde, de Julio Verne, las novelas de George MacDonald Fraser…) y ello convierte a la película en un festival de guiños y alusiones, no siempre bien urdidos ni suficientemente justificados.
¿Importa ese defecto? Pues la verdad es que no demasiado... El espectáculo visual es tan apabullante que uno acaba por perder interés en una trama que tiene más de disculpa que de sustento narrativo. Por lo demás, cuando eso falla, el sensacional reparto –secundarios incluidos– se encarga de enriquecer a unos personajes que, bajo distinta piel, nunca hubieran escapado del pantanoso territorio de la serie B.
Dos años de rodaje. Dos filmaciones simultáneas: las de El cofre del hombre muerto y En el fin del mundo. Una infinidad de problemas y la imposibilidad de ausentarse ni diez segundos delset. Todo eso puede arruinar la salud de cualquiera, pero no la de Verbinski. “Gore –dice Bruckheimer– lleva tanto tiempo en estas dos películas sin tomarse un descanso, que no estoy seguro que recuerde el nombre de sus hijos”.
En fin, como quiera que sea, el director ha dispuesto de un equipo técnico que parece una división de choque. Las dos compañías punteras en efectos visuales, ILM y Digital Domain, se han enfrentado a retos que sólo planteó Titanic. El director de fotografía, Dariusz Wolski, ha tenido que aplicar su fotómetro a desiertos y huracanes. El diseñador de producción Rick Heinrichs ha construido navíos y ciudades costeras. La diseñadora de vestuario Penny Rose ha ideado trajes suficientes como para que los luzcan cien tripulaciones. Y por no ser menos, el director de efectos especiales John Frazier ha tenido que situarse a una distancia prudencial de toda una variedad de explosiones, derrumbes, incendios y hundimientos.
Pero todos tenemos preferencias, y las mías van a favor del equipo de especialistas coordinado por George Marshall Ruge. Si alguien quisiera admirar en qué medida se arriesgan esos tipos, yo le aconsejaría que estudiase con detalle la batalla final: una deslumbrante coreografía, de saltos, peleas, combates de sable y acrobacias. Olvídense de las cabriolas de Matrix: la competencia de los profesionales de Ruge llega a producir escalofríos.
De vivir Stevenson o Sabatini entre nosotros, creo que no aceptarían algunas libertades que la cinta se toma con la piratería. Pero hemos de agradecerle a Verbinski que se haya atrevido a revivir un género, el de los corsarios y bucaneros, sin deslucirlo con modernas trivialidades. Ni que decir tiene que los fantasmas de Morgan y Barbanegra se han puesto de su parte.
(Una advertencia final: no se levanten de sus butacas durante los títulos de crédito, porque el verdadero final de la película se nos presenta cuando éstos terminan).
Queda prohibida la reproducción, distribución, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web sin previa autorización escrita del titular de sus derechos.