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Conocido por sus críticas cinematográficos y libros sobre el séptimo arte, Hilario J. Rodríguez se está forjando una merecida fama como novelista. En El otro mundo nos sirve una obra de estilo autobiográfico excelentemente escrita.


 

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Los olvidados (Debate) detalla la historia de los cientos, miles de norteamericanos que en los años 30, cuando Estados Unidos sufría la Gran Depresión, emigraron a Rusia creyendo que el modelo soviético les aseguraría un techo bajo el que cobijarse. Se equivocaron.


 

LITERATURA JUVENIL
El ladrón del rayo
Primera entrega de la saga Percy Jackson y los dioses del Olimpo, este libro lleva los mitos griegos a terreno estadounidense de una manera divertida pero respetuosa.

 

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María Félix, una diva inmortal Imprimir E-mail


MARÍA FÉLIX, UNA DIVA INMORTAL

Las vidas de una seductora

La actriz mexicana María Félix, a justo título llamada la Doña, ha sido la mujer más bella, más fotogénica y quizá temperamental de la cinematografía de su país. Si reducimos estos elogios a proporciones profesionales, podemos decir que, aparte de un mito, fue una entusiasta trabajadora y una intérprete de inagotables recursos.

GUZMÁN URRERO | 6 de octubre de 2007

Esta es una versión expandida de un artículo que publiqué en el Centro Virtual Cervantes, portal en la red del Instituto Cervantes.

Asimismo en www.guzmanurrero.es: Las dos caras de Grace Kelly.

aría Félix alcanza la categoría de musa del cine mexicano. Eso queda fuera de toda discusión. Tiene el paso y los gestos de una dama. Su mirada, cautivadora, un poco oblicua, anuncia misterios insondables. A menudo parece pensativa, pero no es el suyo un encanto intelectual… Muy al contrario.

Su gesto revela entusiasmo en el juego amoroso. Y eso es lo que concede a María Félix un inimitable refinamiento sensual. El mismo que Gabriel Figueroa supo retratar, entre claroscuros, en filmes como Camelia (1957), de Roberto Gavaldón, y Sonatas (1959), de Juan Antonio Bardem.

Su carrera prospera en la edad de oro del cine mexicano. Nacida en Álamos, Sonora, María de los Ángeles Félix Guereña fue la hija de Bernardo Félix y Josefina Güereña. La matricularon en un convento de Pico Heights, California, pero esa esmerada formación no impidió que María gozase con juegos propios del rancho.

Se ejercitó muy pronto como jinete. Y dicen quienes la conocieron que disfrutaba con aficiones propias de los muchachos.

No obstante, el tiempo mejoró su hermosura femenina. Muy pronto, su aspecto comenzó a llamar la atención. Fue coronada reina de la belleza estudiantil y, al poco, aceptó en matrimonio a Enrique Álvarez, de quien acabaría divorciándose.

Viajó luego a Ciudad de México, donde, gracias a un encuentro casual con Fernando Palacios, pasó a formar parte de la profesión cinematográfica.

Tras el rodaje de su primer melodrama, El peñón de las ánimas (1943), donde Miguel Zacarías la retrató en plano corto frente a Jorge Negrete, su fama ya no paró de crecer.

Tanto es así, que filmes como María Eugenia (1943), de Felipe Gregorio Castillo, y Doña Bárbara (1943), de Fernando de Fuentes, le otorgaron la categoría de gran señora del cine azteca.

Doña Bárbara, inspirada en la novela homónima del venezolano Rómulo Gallegos, permite admirar su fotogenia y unas cualidades interpretativas indudables. Alguien me dirá que ahí se forjó su mitología. Y es cierto, porque a raíz de esta película, muchos confundieron a María con el modelo femenino que ideó Gallegos.

De ahí que no tarden en concederle un sobrenombre, La Doña, que implica fortaleza y bravura.

Su imagen turbadora, inquietante y a la vez llena de fascinación, destacó en títulos como La mujer sin alma (1943), donde hacía el papel de una vampiresa. Una vez consolidado su éxito, protagonizó La devoradora (1946), de Fernando de Fuentes; La diosa arrodillada (1947), de Roberto Gavaldón; y Doña Diabla (1948), de Tito Davison.

Su colaboración con el director Emilio Fernández le permitió completar una trilogía que resume sus méritos y favorece que, aún hoy, el público la recuerde de forma imborrable: Enamorada (1946), Río Escondido (1947) y Maclovia (1948).

Ni siquiera su aventura francesa —French can-can (1954), de Jean Renoir— fue tan celebrada como esos tres títulos del Indio Fernández.

omo una reina del cine hablado en español, María abordó todos los géneros, y lo hizo bien. Dio vida a la valiente Catalina de Erauso en La monja alférez (1944), de Emilio Gómez Muriel. Trabajó junto a Buñuel en Los ambiciosos (La fièvre monte à El Pao, 1959), y a las órdenes de Juan Antonio Bardem en Sonatas (1959), lograda versión del texto de Valle-Inclán.

María Félix también mantuvo una estrecha relación profesional con el productor español Cesáreo González. Gracias a este gallego admirable, la actriz participó en diversos proyectos fuera de su país, entre los que destacaré dos: Mare Nostrum (1948), de Rafael Gil; y La corona negra (1950), filme del argentino Luis Saslavsky basado en un argumento de Jean Cocteau.

También intervino en la producción española La noche del sábado (1950), de Rafael Gil, escrita a partir de la obra homónima de Jacinto Benavente. En Hechizo trágico (1952), de Mario Sequi, la Doña volvió a coincidir con el galán Rossano Brazzi, a quien ya había tratado en La corona negra.

Y en otra producción de Cesáreo González, Camelia (1953), de Roberto Gavaldón, hizo pareja con el actor español Jorge Mistral, un galán bien conocido a ambos lados del Atlántico.

Luego enriqueció con su presencia la coproducción franco-española La bella Otero (1954), de Richard Pottier; y en un tono más ligero, dio lecciones de seducción en Faustina (1956), de José Luis Sáenz de Heredia, donde también intervenían Fernando Fernán-Gómez, Conrado San Martín, Tony Leblanc y José Isbert.

María Félix alcanzó una serena madurez que mostró con orgullo en La bandida (1962), de Roberto Rodríguez, y La generala (1970), de Juan Ibáñez. Luego, para no deteriorar el mito que ella había logrado consolidar, se retiró.

Conocedora del alma del público y gran diva, María Félix fue un caso único en la cinematografía iberoamericana.

ratando de averiguar sus misterios, Paulo Antonio Paranaguá escribió un párrafo que la define a la perfección. Dice así: «María Félix es un enigma de persistente fascinación. Encarna un mito viviente en un país moldeado no sólo por las mitologías antiguas, sino también por las modernas (la revolución, el cine). Desafió las mentalidades de sus contemporáneos y aún desafía la perplejidad de los ensayistas y la imaginación de los escritores. Carlos Fuentes, una vez más, ha puesto en escena en una pieza de teatro, Orquideas a la luz de la luna, a las dos diosas mexicanas de la pantalla, Dolores del Río y María Félix, reunidas una única vez, en La cucaracha. El panteón precolombino puede haber inspirado ritos sanguinarios, pero al menos es irreductible a los dualismos maniqueos de nuestras pobres religiones monoteístas: sugiere más bien una deslumbrante cosmogonía y el eterno recomenzar».

La actriz falleció el 8 de abril de 2002, en su querido Distrito Federal. Su funeral permitió a los periodistas repasar su carrera, y también su azarosa vida sentimental.

Y es que, en cierto sentido, los amores de María también representan las esencias de México. Tras su matrimonio con Enrique Álvarez, se unió al cantante Agustín Lara. Más tarde se casó con otro ídolo nacional, Jorge Negrete, quien la dejó viuda. Una viudedad que trató de consolar el último marido de la Doña, el millonario francés Alex Berger.

¿Habladurías? Las hay a cientos. Dicen en voz baja que María Félix aceptó el abrazo de la pintora Frida Khalo, y también comentan que tuvo otros deslices.

Pero quien esto escribe, prefiere respetar la leyenda, reforzada por una canción, María bonita, que le dedicó Agustín Lara.

«Acuerdate de Acapulco / de aquella noche / Maria Bonita, María del alma; / acuerdate que en la playa, / con tus manitas las estrellitas / las enjuagabas. / Tu cuerpo, del mar juguete nave al garete / venían las olas lo columpiaban / y mientras yo te miraba / lo digo con sentimiento / mi pensamiento me traicionaba».

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