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Grace Kelly © Turner Classic Movies. Reservados todos los derechos.
LAS DOS CARAS DE GRACE KELLY
La princesa de Filadelfia
Grace Kelly regresa a las portadas en el 25 aniversario de su muerte. La llamaron «princesa de América», y personificó un admirable modelo de glamour y elegancia. Con todo, hay algo que no recuerdan las exposiciones de homenaje que proliferan dentro y fuera de Mónaco. Me refiero, claro, a su vida íntima. O mejor dicho, a ese aspecto oculto de su aventura hollywoodense, durante la que se mostró experta en los juegos de seducción.
GUZMÁN URRERO | 15 de septiembre de 2007
Esta es una versión expandida de un artículo que publiqué en el diario ABC en septiembre de 2007.
Asimismo en www.guzmanurrero.es: Modistos en Hollywood. El cine frente a la moda.
engo la insistente fantasía de que si uno forzase la memoria, llegaría a recordar películas que nunca se hicieron. Todavía anoto en mi agenda títulos que se esfumaron antes de tiempo. Cintas cuyo rodaje hubo que suspender, o que cambiaron de reparto, dejándonos con la intriga de lo que pudo haber sido y no fue. Mencionaré dos en particular: El hombre que sabía demasiado y Marnie, la ladrona. Aunque cada una suene a obra maestra, estoy seguro de que hubieran deslumbrado con mayor propiedad de haber contado con quien iba a ser su legítima protagonista: Grace Kelly.
Sin duda, lo anterior suena un tanto azaroso, pero no erraríamos al sospechar que Alfred Hitchcock pensaba exactamente lo mismo. Picoteando citas aquí y allá, se confirma que al maestro le irritaba esa decepción. Jamás quiso entender por qué Grace, una vez convertida en princesa, rechazó estos papeles. Y tampoco se dio por aludido cuando la prensa monegasca criticó sus declaraciones sobre el “inimitable sex-appeal” de la actriz.
Para empezar, ¿cómo es que se atrevían a contrariarle en su papel de Pigmalión? Y además, ¿a qué obedecía tanta suspicacia?
Nada de esto pasó desapercibido a Claire Griswold, la esposa de Sydney Pollack, que salió desesperada de una audición para el papel de Marnie. “Me impresionó –dijo– su evidente necesidad de recrear a Grace Kelly. Pero yo no sentía el menor deseo de seguir adelante con aquello”.
Al llegar su turno, la pobre Tippi Hedren padeció la misma fuerza gravitatoria.
unque los pensamientos de Hitch no debieran ser emitidos en horario de máxima audiencia, podemos racionalizarlos. Tengan siempre este dato a mano: al cineasta le fascinaba una figura femenina típica del Fin de siglo. Frágil, tentadora, ambigua, demasiado buena para otros adultos.
Cuando llegó por vez primera al despacho de Sir Alfred, la joven Grace Patricia era una guardiana de tesoros ocultos. Natural de Filadelfia, sólo llevaba siete años fuera del hogar familiar. Su padre, Jack Kelly, un irlandés atlético, buen negociante, hubiera merecido aparecer en los diccionarios para ilustrar la expresión selfmade man. Con todo, a pesar de los afanes de papá Kelly, Grace había perdido interés por los estudios y prefirió ingresar en una residencia femenina de Manhattan.
En principio, buscó la fama entre los fotógrafos de la capital. El primer relámpago de felicidad llegó en forma de portada. Pero no se conformó con ser modelo de alta costura. Tras recibir clases de arte dramático, debutó en Broadway en 1949.
La gente le había contado historias sobre los coches aparcados en Sunset Boulevard. Habladurías que ella no quiso escuchar. ¿Temores? En modo alguno. Con un billete de ida rumbo a Hollywood, decidió su meta: ganarse un puesto entre las divas del celuloide. Como un guiño a su ambición, le dieron dos papeles, uno menor en Catorce horas (1951), y otro más substancioso en Solo ante el peligro (1952).
Hasta cierto punto, la fuerza motriz de su carrera aún era la pequeña pantalla. Por ello, si no les importa, citaré sólo una entre las muchas apariciones televisivas de Grace: la Dulcinea que encarnó en Don Quixote, de Sidney Lumet, con Boris Karloff en el papel de hidalgo.
Cuentan que se sintió muy atraída por Gary Cooper. Añorase o no la figura paterna, le pasó lo mismo con Clark Gable durante el rodaje de Mogambo (1953). Ahora sabemos que mientras Kelly acariciaba el flequillo del actor –allí pasaba algo, eso está claro–, el bueno de Hitch se frotaba las manos.
Por supuesto, el director británico había estudiado los impecables antecedentes teatrales de la joven. “Yo estaba muy nerviosa cuando lo conocí –dijo Grace años después–. Pero él fue muy gentil conmigo… Hablamos de ropa”.
esde el punto de vista fieramente fetichista del inglés, el tema no era casual. Un vestuario adecuado convertiría a aquella chica tan modosa –ojos claros, entonación perfecta– en una dama sofisticada e irresistible. Él mismo lo explicó en una entrevista: “Grace Kelly, que parecía más bien apagada en Solo ante el peligro, pareció florecer para mí”.
Este tipo de relación puede acabar desastrosamente, pero Hitchcock supo manejarla a su favor. Grace mostró una gran fuerza provocadora en Crimen perfecto (1954), y ya era una estrella en ejercicio cuando intervino en La ventana indiscreta (1954).
Hay varios momentos distraídos en este acoso del genio a su protegida. Así, mientras él detallaba por escrito hasta el último pormenor sobre el calzado que debía usar, ella lucía su lánguida sonrisa en los salones más mundanos. Cuenta el chismoso Kenneth Anger que, en cierta ocasión, Hitch la espió de noche, con un potente catalejo, empeñado en verificar cómo se quitaba esas prendas que él mismo había elegido (¡Ah, la costumbre del voyeur!).
omo se sabe, a aquel demonio obeso le gustaba ser tentado, pero la musa, imagen viviente de la distinción, prefería bailar con los trajes que le diseñaban Oleg Cassini (otro de sus novios), Edith Head y Helen Rose. Fue así como conquistó –por este orden– a William Holden y a Bing Crosby, sus compañeros de reparto en el melodrama por el que ganó un óscar, La angustia de vivir.
Durante ese verano de 1954, la actriz compartió bromas y manchas de pintalabios con Cary Grant. Ambos se enamoraban en la nueva cinta de Hitch, Atrapa a un ladrón. El rodaje de esta cínica comedia transcurrió en la Riviera, y aquella fue una buena ocasión para admirar unos jardines que había descubierto el guionista John Michael Hayes. Unos jardines cuyo propietario era Rainiero III de Mónaco.
e regreso, Grace interpretó junto a Alec Guinness El Cisne (1956). Mientras tanto, Hitchcock preparaba nuevos proyectos para ella, convencido de que esos guiones eran más efectivos que los diamantes que el Sha de Persia solía enviar a la rubia imposible.
Sin embargo, todo cambió cuando la invitaron al Festival de Cannes. Ni siquiera una murmuradora como Hedda Hopper pudo sospechar de la simpatía que allá surgió entre Grace y Rainiero. Meses después, el titular se imprimió en los ecos de sociedad: “Kelly anuncia su boda real”.
Hitch, celoso, perdió su invitación a la ceremonia, pero la MGM envió a la diseñadora Helen Rose y al peluquero Sydney Guilaroff. Ambos garantizaron una belleza insuperable a la novia más popular del mundo.
Grace dio lecciones de elegancia en Alta sociedad (1956). Fue su última película, dicen que por expresa indicación de Rainiero. Sabido esto, viene la letra pequeña. En su noble casa, adormecida por el rumor de los casinos, la princesa comenzó a saborear la melancolía. Era entonces, y supongo que sigue siéndolo ahora, precio suficiente como para adquirir la sangre azul.
quel matrimonio le hizo demasiado daño a las fantasías de Hitchcock. “¿Qué tal le va a la princesa Desgracia?”, llegó a decir. Y es obvio que, con esas bromas, ponía de manifiesto las oscuras entretelas de su obsesión.
En el fondo, este ardor erótico puede reconstruirse a través de los diálogos de Atrapa a un ladrón. Todavía hoy, mientras escribo esto, resuenan como una despedida. “¿Qué es lo que espera conseguir siendo tan amable conmigo?”, pregunta Cary Grant, y nuestra Grace, diosa y diablesa, responde: “Probablemente, mucho más de lo que usted está dispuesto a ofrecer”.

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