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HISTORIA DE LA FRANQUICIA 007
Los negocios de un espía (I)
GUZMÁN URRERO | 25 de noviembre de 2006
Lo más extraño en la historia de James Bond es la reacción que provoca en algunos espectadores cultos. A los elogios sobre las novelas de Ian Fleming debidos a gentilhombres de la literatura −Graham Greene, T.S. Eliot, Kingsley Amis− hemos de sumar otros halagos de similar ascendencia, que nos predisponen a favor del bondismo cinematográfico. El hecho interesante es que una franquicia llegue a tener esos alcances en el plano intelectual. ¿Sintonía con los productos de masa o lectura a dos niveles? Sobre el fondo de esta incertidumbre, el hijo de Mr. Kingsley, Martin Amis, hablaba de cierto tipo de buenos libros malos, llenos de placer y apasionamiento. A decir verdad, esa paradoja también funciona en las películas de Bond. De hecho, para amar al personaje de Fleming con todas las de la ley, nuestro punto de vista debe articularse sin temor al kitsch ni a los caracteres prefabricados.
Las líneas de esta fascinación nos las proporciona Pedro Almodóvar, amante de ese pastiche pop-art que viene a ser Casino Royale (1967), un filme excepcional dentro de la saga de 007. ¿Y qué halla Almodóvar en esta cinta? Sin duda, una acumulación fulgurante y desvergonzada. Veamos: Casino Royale fue dirigida al unísono por John Huston, Ken Hughes, Robert Parrish, Val Guest y Joseph McGrath, y escrita por Ben Hecht, Terry Southern, Billy Wilder y otros más. Al igual que sucedía con las serigrafías de Marilyn o los botes de sopa Campbell’s made in Warhol, la autoría de dicho largometraje es una cuestión a discutir.
Con todo, la película sabe parodiar el mismo engranaje que luego copió Mike Myers en la serie Austin Powers: la redundante peripecia de un funcionario escrupuloso, víctima de enredos de los que sabe escapar con violencia, cinismo y dotes seductoras. En realidad, son tantos sus elementos arquetípicos −giros del déjà vu− que puede complacer, con similar eficacia, las expectativas más elementales y las más sofisticadas. La transparencia de este juego demuestra que Bond es uno de los productos comerciales mejor acabados de nuestro tiempo.
Entre los lectores más persistentes de las novelas de Fleming hemos de citar al neoyorquino Albert R. Broccoli, buen amigo de Cary Grant y de Howard Hughes. Broccoli había analizado el gusto masivo mientras diseñaba programas de entretenimiento para las tropas durante la Segunda Guerra Mundial. En 1960 se asoció con Harry Saltzman, a quien Fleming había vendido los derechos cinematográficos de sus obras, y juntos fundaron Eon Productions, la firma que financió Agente 007 contra el Dr. No (1962). Su éxito puede cuantificarse en clave económica –los beneficios rozaron los 60 millones de dólares− y asimismo en un dominio definido por la moda.
De acuerdo con lo previsto por la agencia publicitaria Service et Methodes, se comercializaron numerosos artículos de vestir inspirados en el filme. Por las fechas en que Oriana Fallaci especulaba sobre los anticuerpos de la moralidad bondiana, el semanario Elle aún recomendaba a sus lectoras un bikini tan ceñido como el de Ursula Andress. Muy pronto fue Shirley Eaton, barnizada de oro en James Bond contra Goldfinger (1964), la que se transformó en icono pop. Preguntado por la ropa del héroe, el modisto Caraceni la definió como propia de un inglés de negocios dudosos, lo suficientemente correcta como para servir de uniforme a cualquier varón de buen gusto. En todo caso, era éste un campo propicio al mimetismo, o al menos, así lo entendió Frank Abagnale Jr., el timador interpretado por Leonardo DiCaprio en Atrápame si puedes (2002), entre cuyos fetiches destacaban unos zapatos Church idénticos a los de 007.
Si bien se mira, el agente es ganado por la causa aventurera y sufre por ésta. Pero encuentra compensaciones. Conduce un Aston Martin y bebe desordenadamente: Dom Perignon del 1946 o Martini con vodka y una rodaja de limón. Sin ningún deber en contrapartida, sus triunfos eróticos recuerdan al catálogo que Leporello hace de las amantes de Don Juan. No sorprende que, a partir de tales sugestiones, muchos consumidores aún admitan a Bond como una eficacísima evocación publicitaria. De hecho, esta sensación persiste incluso en la magnífica, y reciente, Casino Royale (2006), de Martin Campbell. Pero de ello les hablaré en un próximo artículo.
(La primera versión de este texto fue publicada por el diario ABC)

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