|
ENTREVISTA CON PEDRO ALMODÓVAR
La perversión del melodrama (II)
Publiqué la primera versión de esta entrevista en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El diálogo es fruto de tres encuentros con Pedro Almodóvar, el 18 de abril de 2001, el 12 de marzo de 2002 y el 13 de marzo de 2006, coincidiendo con la promoción de Hable con ella, El espinazo del diablo y Volver.
GUZMÁN URRERO PEÑA | 4 de enero de 2007
Asimismo en www.cineyletras.es: Entrevista con Pedro Almodóvar (I), Entrevista con Pedro Almodóvar (II) y Entrevista con Pedro Almodóvar (III).
ígame, ¿se siente cómodo dentro del género del melodrama?
En lo que se refiere a los géneros, yo definiría Hable con ella como un drama, diferenciándola así de Todo sobre mi madre, que más bien era una tragedia. Esta vez, pretendía reflejar los momentos dolorosos con una total sobriedad, para de ese modo no rozar las cualidades típicas del melodrama.
Es más fácil presentar la pasión desbocada y las lágrimas que describir unos personajes que han asumido muy bien su destino, y que por ese motivo se mantienen calmados frente a la adversidad.
Hay un elemento muy difícil de mostrar, y es que a Marco, interpretado por Darío Grandinetti, un momento de belleza inesperado le hace llorar. Yo me había encontrado en esa situación: la de un hombre que llora, conmovido por algo hermoso, sin que los demás sepan por qué. Mi idea era conseguir que el público entendiera este sentimiento, y que en modo alguno lo menospreciara. Fue Cocteau, según creo, quien dijo que la belleza puede resultar dolorosa. Esa idea guía, por ejemplo, la escena en la cual Marco se emociona al escuchar cómo interpreta Caetano Veloso su versión de Cucurrucucú Paloma.
Vamos con otra etiqueta. ¿Por qué ese predominio en su cine de las figuras femeninas?
Se ha hablado mucho de mi preferencia por los personajes femeninos y acerca de su hegemonía en mis películas. En buena medida, son los periodistas quienes crean y consolidan los tópicos, y a mí me ha tocado el que me presenta como un director de actrices.
Al destacar esa preferencia, se le ha llegado a comparar con Cukor...
Como es obvio, no entro en ese elogio, pero sí que hay algo que quiero matizar… Claro que he tenido la suerte de contar con actrices maravillosas para ser dirigidas por mí, y ello se adivina desde el inicio de mi carrera, en Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, Laberinto de pasiones o Entre tinieblas. Pero a partir de ese dato –he escrito más papeles femeninos que masculinos– no puede decirse que cuanto yo escriba deba estar representado por actrices.
Como cineasta, es verdad que elaboro producciones en las que aparece un gran número de chicas, pero en otras el peso de la historia recae sobre las figuras masculinas. Sin ir más lejos, Hable con ella, cuyos protagonistas son dos hombres. Y no es mi primer largometraje con protagonistas masculinos. Ahí están Matador, La ley del deseo y Carne trémula. Así, pues, todo depende de las exigencias narrativas de cada historia.
Hay en su cine un empleo recurrente de la imaginería religiosa. ¿Cómo se relaciona con este universo estético y espiritual?
No me siento católico, pero es indiscutible que la religión está presente en mi vida, y ello se refleja, de un modo u otro, en mis películas –Entre tinieblas, Matador, La ley del deseo, Qué he hecho yo para merecer esto?...–. Pese a mi educación católica, no soy creyente, pero quiero aclarar algo: creo firmemente en los seres humanos cuando ayudan a sus semejantes.
Ese valor ético me causa una honda emoción e incluso un sentimiento de piedad. Algo de esto hay en Hable con ella, sobre todo en esos cuerpos en letargo –los de Alicia y la torera Lydia, novia de Marco–, cuya completa dependencia se refleja en el hecho de que han de ser minuciosamente cuidados las veinticuatro horas del día.
Por otro lado, el ser agnóstico no significa un total rechazo de la espiritualidad. Es más, yo creo en el espíritu y a veces incluso le he rezado a ese mismo Dios en el que no creo. También creo en esa huella que deja ser humano más allá de la muerte. Pero no creo en el Dios que trataron de inculcar en mí los salesianos.
En cierto modo, esa postura tiene que ver con la identidad española.
España es un país católico pero idólatra, y ése es uno de sus atractivos. Naturalmente, me gusta esa idolatría y participo de ella. No es difícil comprobar la forma tan peculiar en que los católicos españoles ponen en práctica su fe. Por ejemplo, su relación con los santos es mucho más intensa en la costumbre que aquella que puedan sostener con el propio Dios.
El Oscar que recibió por Todo sobre mi madre seguramente impuso cierta presión a la hora de plantear posteriores proyectos.
Lo he tenido presente para ignorarlo. Un Oscar no debe ser lo que determine la carrera de un director, y probablemente por eso mismo elegí para Hable con ella el contenido más inesperado.
A mi regreso de Los Ángeles, supe que debía reanudar mi carrera en el mismo punto donde la había dejado antes de la campaña promocional de Todo sobre mi madre. No hay duda de que un reconocimiento semejante me ha presionado desde el punto de vista creativo , pero el miedo ya pasó.
En todo caso, aunque tal vez resulte muy folclórico decir algo así, quiero insistir en que aquel Oscar lo gané para España. Llegó un momento en que era tan evidente e intenso ese deseo compartido que deseé más que nunca el premio. Incluso recé a un Dios en quien no creo para que me diesen aquel Oscar y yo se lo pudiera dedicar a los españoles. Pero la película ya estaba hecha y las votaciones de la Academia no se asemejan a una competición deportiva.
Continúa en Entrevista con Pedro Almodóvar (III)
Copyright del texto © Guzmán Urrero Peña. Reservados todos los derechos
|