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Roland Emmerich junto a Steven Strait y Camilla Belle © Fotografía de Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.
ENCUENTRO CON ROLAND EMMERICH
Presentación de 10.000 en Madrid
Roland Emmerich, director de superproducciones como Stargate e Independence Day, sabe quién viene a ser su más directo interlocutor: ese público familiar al que le interesan más la diversión y el dinamismo que las incidencias dramáticas o la densidad intelectual. Recién llegado a España, nos presenta su última película, 10.000 (10.000 B.C.), una fantasiosa epopeya ambientada en la prehistoria. Acompañan a Emmerich los dos protagonistas de este esperado largometraje, Steven Strait y Camilla Belle.
GUZMÁN URRERO | 28 de febrero de 2008
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a entrada del cine donde nos reuniremos con Roland Emmerich, Camilla Belle y Steven Strait está decorada con buen gusto y sentido del espectáculo. Custodian la alfombra roja un imponente mamut y un tigre de dientes de sable, dos criaturas que tienen un poderoso significado para los personajes de 10.000.
A decir verdad, la cinta no es, ni mucho menos, un documento antropológico. Por supuesto, tratándose de una película de Roland Emmerich, el público sabe lo que le espera: acción a raudales, efectos especiales de última generación, situaciones previsibles pero rodadas con gran eficacia y un tono pulp que no engañará a nadie, y que hará disfrutar a los que amamos los mitos prefabricados por el cine de serie B, el cómic clásico y las revistas populares de los años cuarenta.
Todo lo cual aporta algo muy importante: pura y simple evasión.
En el imaginario de Emmerich no hay espacio para exigencias de otra naturaleza. En sus manos, un enigma antiquísimo, una coincidencia inverosímil o el choque de dos ejércitos se convierten en información valiosa, y eso, por primario que pueda resultar, merece toda mi simpatía.
Frente a cintas tan originales como En busca del fuego y Apocalypto, 10.000 se presenta como un espectáculo popular, accesible para toda la familia.
Los resortes de su trama son muy sencillos, el nivel de violencia es mínimo y el ritmo, extremadamente ágil. Nada hay aquí que constituya una infracción de las normas del éxito, y quizá eso juegue en su contra a la hora de ganarse el favor de la crítica especializada.
Hay un detalle que no debe pasar desapercibido al futuro espectador: esta es una película fantástica, con héroes que desafían la realidad. Por consiguiente, no conviene poner objeciones a las profecías, los fenómenos inexplicables y los ingredientes mágicos que Emmerich dosifica en su aventura.
l principal personaje es un joven cazador de mamuts, D’Leh (Steven Strait), quien pierde a su amada Evolet (Camilla Belle) a manos de una banda de jinetes que asaltan su poblado en busca de esclavos. De ahí en adelante, D’Leh hace lo imposible por salvar a Evolet. Lo que no sospecha es que su peligroso destino también cambiará el porvenir de muchas otras tribus.
Es fácil descubrir en ese argumento la influencia de viejos mitos. “Siempre me ha intrigado –nos dice Emmerich– la idea de la narración clásica. La forma eterna en que se han contado historias alrededor del fuego durante generaciones. Cuando tu tema es un hombre joven, tienes la oportunidad de contar historias llenas de heroicidad en las que un personaje tiene que hacer lo imposible. Quería hacer una película que permitiera al público sumergirse en ese otro mundo que parece y da la sensación de ser algo que no han visto jamás”.
Para dar forma a esa historia, el equipo rodó en Nueva Zelanda, Sudáfrica y Namibia. Todo un reto para una actriz como Camilla Belle, que interpreta la epopeya en clave romántica. “En el corazón de esta película –dice– se esconde también una poderosa historia humana. Estas dos personas, D’Leh y Evolet, son arrancados el uno del otro, y tienen que volver a encontrarse, en medio de este asombroso viaje. Para ellos, y para el público, es realmente una huida a otro mundo”.
a joven tiene claro que esa faceta sentimental es lo más valioso de la película. “Evolet –dice– es una huérfana que la tribu acogió cuando era una niña. Está enamorada de D’Leh y él está enamorado de ella. Quiere huir con él, pero él sabe que no pueden. Es como Romeo y Julieta”.
“Hay algo muy bonito en el hecho de que la condición humana no haya cambiado mucho a lo largo de milenios –añade Steven Strait–. Lo que nos hace seres humanos no ha cambiado desde tiempos prehistóricos: amor, compasión, conciencia, simpatía. Todas estas cosas pueden verse en la película, y se puede decir que no importa la época en la que se viva”.
D’Leh y Evolet forman parte de los los yagahl, una tribu de cazadores de mamuts. “Para los yagahl –explica Emmerich–, los mamuts representan lo mismo que el búfalo para los indios americanos: por un lado la tribu los caza, pero también les honra. Se sienten bendecidos por ellos. Es una relación muy especial entre animal y cazador”.
“Mi personaje es el extraño del grupo –dice Steven Strait–. Ha sido rechazado por el resto del clan por algo que su padre hizo en el pasado. Abandonar la tribu es para ellos lo más vergonzoso que un hombre puede hacer, y D’Leh tiene que vivir con ese legado. Pero mientras hace de su vida algo más que un reto, también le da fuerza”.
“Me atraen los conflictos paternofiliales –comenta Emmerich–. D’Leh fue abandonado de niño, y como a muchos niños cuyo padre ha huido, la tribu lo ha estigmatizado y tiene una marca en el hombro. Finalmente, descubre que su padre hizo eso por una razón”.
Para Strait, colaborar con Emmerich es un privilegio. Debe creerlo de veras, puesto que esta cinta va a sacarle de un relativo anonimato. En su mirada se advierte que no le disgusta la idea de tener clubs de fans. “Roland –dice– es, principalmente, un narrador de historias. Incluso sus obras más espectaculares están conducidas por los personajes. Cuando leí el guión, recuerdo que pensé: ¡qué aventura tan extraordinaria!, y rodar la película fue una aventura mucho mayor de lo que había imaginado”.
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