caba la sesión fotográfica y Stallone pasea tranquilamente sobre el césped del estadio Santiago Bernabeu. A pocos metros de nuestras cámaras, como si quisiera homenajear a sus anfitriones del Real Madrid, ensaya un imaginario saque de esquina. Bromea, suponiendo que alguien le hará una foto en que salga muy favorecido. Y eso merece un respeto.
Cuando nos acomodamos para dialogar con el actor y cineasta, advierto que éste busca algo con la mirada. Tiene el físico de un instructor de combate, y una sonrisa cansada, como la de los exploradores que vuelven de su último viaje. El azar y la profesión lo han convertido en la viva imagen de dos personajes inolvidables, Rocky y Rambo. Y aunque eso no cambie nada, creo que llega a la veteranía con la sensación de que aún tiene mucho por demostrar.
La película que ahora nos presenta, John Rambo, es la última entrega de la saga protagonizada por el ex marine del mismo nombre. La cinta refleja el genocidio que padece la etnia karen de Birmania, cuyos combatientes apenas pueden defenderse del Ejército estatal. Confundido entre los lugareños, Rambo vive solitario en la jungla del norte de Tailandia. Para su desgracia, se ve obligado a salir de ese retiro cuando un grupo de misioneros norteamericanos es brutalmente apresado al otro lado de la frontera.
Hace mucho que leí la novela de David Morrell Primera sangre, pero aún no he olvidado encendidas discusiones con amigos a quienes les parecía demasiado distinta a su adaptación cinematográfica, Acorralado (First Blood, 1982). Esa es, como saben, la primera película de Rambo. Desde entonces, el personaje se ha transformado en un icono popular. Un icono que, durante largo tiempo, permaneció en el ojo del huracán ideológico.
Pregunto a Stallone por este ingreso del ex boina verde en el debate político. ¿Le molesta? ¿O más bien le halaga?
“Desde luego –me responde–, no me siento cómodo con esa controversia política… Rambo es neutral. Es un soldado que vive en un país extranjero. Lo que ocurre es que en 1988 el presidente Reagan dijo aquella frase: Rambo es republicano. Desde entonces, hay quien lo ve como una máquina de guerra para los republicanos. Pero eso es lo opuesto a la realidad, porque, como digo, se trata de alguien neutral en el terreno político”.
A lo largo de su carrera como actor, guionista y director, Stallone ha demostrado un talento indiscutible. Tiene habilidad para la comedia –Oscar (1991), Hormigaz (1998)–, sabe humanizar a los héroes de acción –Cliffhanger (1993)–, escribe e interpreta muy bien el melodrama –Rocky (1976), Rocky Balboa (2006)– y supo demostrar en Copland (1996) que merecía mejores papeles. Por desgracia, el público no apreció ese esfuerzo. Cuenta Peter Biskind que, durante la proyección de prueba de Copland, la audiencia comenzó a corear: “Rock-y, Rock-y, Rock-y”. “Mis fans –se quejó entonces Stallone– quieren que saque el revólver y mate al malo de la película. No quieren saber nada de diálogos. Es la Federación Mundial de Lucha Libre la que ha venido a evaluar la película”.
i siguiente pregunta tiene que ver con esa frustración. “Como guionista –le digo–, ha demostrado que puede ser tierno, sensible, gracioso… Cualidades que en nada tienen que ver con Rambo. Dígame: ¿qué resortes personales tuvo que emplear para dar vida a este personaje tan opuesto a usted?”
“A decir verdad –me responde–, para introducirme en la mente de Rambo tuve que investigar mucho. Leí bastante sobre los ex combatientes, y traté de identificarme con su ira, con su aislamiento… Uno ha de tener en cuenta que estas personas han sido testigos de muchos desastres y que han pasado por experiencias desoladoras… Después de eso, acabas sintiéndote furioso…”.
Stallone mira en torno con resignación, y asocia el perfil de su personaje con una tragedia actual. “Es el mismo sentimiento –añade– que me invadió al leer sobre la situación en Birmania. Esas páginas contenían tales dosis de horror –niños quemados vivos y tragedias similares– que llegué a lanzar los libros contra la pared. Mi primera impresión fue de urgencia. No podía posponer ni un momento la escritura del guión. El tono es muy violento, como lo son la guerra y el mundo, y por eso no quería que mi película perdiera un solo grado de realismo. Esta es una cinta de guerra que cuenta hechos que realmente suceden… Como es de imaginar, mi familia me veía en ese estado emocional y nadie quería hablarme. Cuando terminé de escribir, ya pude volver a mi vida de siempre”.
El cine y el cómic emplean el lenguaje de los estereotipos. Por eso Stallone sostiene que es muy difícil llevar la contraria a las etiquetas populares.
“Mi carrera –dice– tiene un ingrediente muy poco usual, que la diferencia de la de otros actores. He estado tan ligado a dos personajes de físico muy marcado, Rambo y Rocky, y eso ha dificultado un posible cambio en mi imagen como actor. Lo intenté en Copland, pero hay poco más que pueda hacer en este sentido. Debo ser realista y aceptar esa imagen pública. Cuando me retire de la actuación –cosa que no tardará en suceder– me dedicaré a dirigir. Será entonces cuando pueda plantear otros temas. Pero debo tener en cuenta hay automatismo en lo que se refiere a mi dimensión pública que ya nunca variará”.
ntre las fuentes empleadas por Stallone a la hora de escribir John Rambo figuran la revista Soldier of Fortune y los informes de las Naciones Unidas. Según nos da a entender, el genocidio de los karen se ha convertido para él en una cuestión personal.
“Hay muchas películas –dice– que abordan sin autenticidad la violencia y la guerra. Mi intención era enseñar al espectador qué es, realmente, una guerra civil, y mostrar lo que supone el día a día en lugares como Somalia, Irak, Kenia o Darfur. Cuando me planteé esta película, pensando que éste iba a ser el último Rambo, opté por el realismo como una obligación… Podría haber planteado un producto autorizado para todos los públicos, y obtener de ese modo más dinero en taquilla. Algo de eso hay en los otros Rambo. Se trata de películas más hollywoodenses, con fantasías en torno a los músculos y la acción. Pero en John Rambo quise ser realista, brutal… La guerra de Birmania dura ya décadas. Mientras realizamos esta entrevista, decenas personas serán masacradas… Uno debe saber que elecciones hace en su vida. Si he de ser criticado, prefiero serlo por contar la verdad”.
A mi lado se sienta otro periodista, Miguel Barrio, que se interesa por una ausencia: la de Richard Crenna, que dio vida al coronel Trautman en las anteriores entregas de la saga. Stallone agradece la pregunta, y habla del difunto Crenna como quien recuerda a un viejo amigo.
“Es muy duro –dice– hacer esta película sin Richard Crenna. Él encarnaba mi conciencia. Algo así como una figura paternal. Ahora ves a Rambo aún más perdido, completamente aislado en el mundo… Quizá esto suene a locura, pero quería plantear la película como un viaje al infierno. Desde el punto de vista simbólico, Rambo vive en la ribera, que representa el purgatorio. Los misioneros que le piden ayuda son una especie de ángeles benéficos, que se adentran en un mundo de la guerra. De este modo, se plantea una especie de batalla con las fuerzas del infierno”.
A Miguel le interesan las bandas sonoras. Saca a relucir a Jerry Goldsmith, autor de las partituras más características de la serie (en particular la de Acorralado II, aquella cinta cuyo guión escribieron James Cameron y el propio Stallone). En su intervención, el periodista elogia el trabajo llevado a cabo por el músico Brian Tyler en John Rambo.
“Jerry Goldsmith –responde Stallone– hizo un trabajo brillante. A su muerte, Brian Tyler tomó el relevo. Tyler ya había tenido una relación de trabajo con Jerry, porque ambos escribieron la música de Timeline, de Dick [Richard] Donner. Por consiguiente, él estaba muy familiarizado con la obra de Jerry. Quisimos actualizar la música, pero sin perder el alma de la composición de Goldsmith”.
Quienes vimos en su estreno Rambo III (1988) aún recordamos ciertas fanfarronadas del héroe, convertido el líder de los guerrilleros afganos durante la invasión soviética. Por eso es tan llamativo el realismo desesperanzado de John Rambo.
“La película –dice el actor– está funcionando bien en la taquilla americana porque hay toda una generación que no tiene ni idea de quien soy. Han oído cosas acerca de Rambo, y lo cierto es que hay bastante gente que quiere ver una película muy brutal, muy realista, muy diferente, que sea reflejo de lo que está sucediendo hoy en el mundo… Diría que ésa es una de las razones… Por otro lado, no quería caer en algo que afecta a la mayoría de las películas comerciales. Cada vez más suaves, más dóciles, menos emocionales; se trata de cintas que no traen nada bueno para la juventud. Eso, desde luego, no sucede con el cine independiente, que sí da lugar a buenas producciones… Volviendo a John Rambo, creo que no vienen a verme a mí, sino a una especie de nuevo y sorprendente animal, recién capturado”.
uy acertada, una compañera pregunta a Stallone por su apoyo al senador John McCain en la carrera presidencial norteamericana. No conviene olvidar que McCain tiene algo en común con Rambo. Hijo y nieto de militares, este político fue aviador en Vietnam. En 1967 su reactor fue derribado. Preso del Vietcong durante más de cinco años, McCain sufrió torturas y penalidades de todo tipo.
“Cada proceso electoral –responde Stallone– viene a ser como una audición para una película. Debes asegurarte de que eliges al actor correcto… El mundo actual está sumido en graves problemas. Un presidente debe comprender la mentalidad que rige en otros lugares. Y esa es una cualidad que MacCain posee, porque él ha vivido al otro lado del mundo. Tiene una larga experiencia como senador, y además vive en Arizona, un estado fronterizo, lo cual le lleva a entender el problema de la inmigración y la mentalidad de los hispanos. También entiende a los WASP, y además tiene un enorme coraje”.
Sería interminable referir las anécdotas que unen las vidas de Stallone y Arnold Schwarzenegger. Hubo un tiempo en que fueron rivales. Ahora son amigos entrañables y socios en distintos negocios. No me sorprende que el actor hable con tanto afecto de su colega.
“Veo a Arnold –nos dice– cada fin de semana. Nos fumamos un puro y charlamos. Es brillante… Un auténtico genio, con una personalidad fascinante. Ahora bien, yo no podría hacer lo que él hace ni un solo día. Arnold es un animal político. Le gusta hablar, sonreír, negociar… Yo prefiero irme a casa, a jugar con mis hijos y lanzarle una pelota a mi perro. Somos totalmente diferentes pero nos llevamos muy, muy bien. Tenemos almas gemelas: somos grandes competidores, grandes enemigos y grandes amigos. Y a buen seguro, él llegará a ser presidente en el futuro”.