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DIÁLOGO CON RUSSELL CROWE
La temible sinceridad (I)
GUZMÁN URRERO | 4 de octubre de 2006
El equipo de fotógrafos da una sensación de alegre displicencia. Es lo que pasa con las estrellas: su temperatura interna se mide en un mercado de valores que no conmueve a los reporteros. Desde el depurado al improvisador, casi todos se preocupan más de sus teleobjetivos y de la luz que de la inteligencia, narcisismo o talento del personaje. Admiro esa cualidad de la prensa gráfica: la obsesión por la nitidez de la imagen evita prejuicios y emociones encontradas. Créanme, a veces pienso que no estoy hecho para este oficio. Es más, aún suelto suspiros de gratitud cuando mis intuiciones se ven confirmadas.
Y sin embargo, aquí me tienen, como si conociera de antemano el libreto. A la espera de que Russell descienda hasta la terraza del Ritz y procure un sentido a esta reunión.
De pronto, alguien nos avisa con términos perentorios. La sombra discreta del actor se adivina tras una cristalera. Mientras baja por la escalinata, contemplo a un maestro indiscutible de la masculinidad. Es posible que su apariencia sea, en cierto modo, la del tipo duro, protegido por un sentimiento de distante ironía. ¿A quién debemos creer, de todas formas? Cuando por fin se acerca hasta nosotros, le fotografío con tanta dignidad como me es posible. Al principio, nos mira con poca elocuencia, pero en pocos instantes demuestra que sabe explotar su cálida fotogenia. Bueno, me digo, esto es algo más que un truco promocional. Aunque la lógica de Hollywood me parezca poco razonable, Crowe controla su talento y, también aquí, bajo un sol a retazos, lo convierte en espectáculo.
Mientras presento mi acreditación por segunda vez y accedo a otra sala del hotel, pienso en la rutina que suponen las giras promocionales. Sesiones fotográficas, ruedas de prensa y entrevistas de cinco minutos: todo ello cuidadosamente ensamblado con prisas y lugares comunes. Por lo demás, en este tipo de reuniones, la cautela de las primeras preguntas siempre cede paso a lo inesperado. ¿Habrá alguien que pueda acabar con el buen humor de Russell? ¿Qué pregunta será más acuciante, la A o la B? Antes de que salga de estos pensamientos, mi grabadora ya se ha puesto en marcha.
El actor ha medido bien su papel y sabe exactamente lo que quiere mostrar sobre su labor en Un buen año. “Si Ridley Scott me llama para un proyecto –nos dice−, sabe que me tiene a su disposición. Con él comparto sentido del humor, profesionalidad y valores estéticos. De hecho, a medida que nos concentramos en una nueva película, ese vínculo se fortalece. Es verdad que, ocasionalmente, me resulta difícil entenderle, porque Ridley es capaz de hablar a muy distintos niveles a un mismo tiempo. Pero una vez fijado el objetivo y llegado el momento de rodar, podemos comunicarnos de forma intuitiva, por medio de gestos, sin necesidad de palabras. Tanta es mi confianza en él, que me comprometo en sus proyectos antes de leer el guión. De hecho, cuando acepté filmar Gladiator, sólo contábamos con 23 páginas de guión; al empezar Un buen año, teníamos 48; y en el momento de afrontar nuestro nuevo largometraje, American Gangster, disponíamos de 65. Visto de esta manera, parece que vamos progresando".
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