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DIÁLOGO CON MATT GROENING
El secreto de los Simpson
GUZMÁN URRERO | 27 de julio de 2007

Matt Groening durante la presentación de "Los Simpson. La Película". Fotografía de Guzmán Urrero.
ómo pasa el tiempo… En 1987, su nombre aparecía fugazmente en los créditos de El Show de Tracey Ullman –era el creador de unos llamativos sketches animados–, y hoy se presenta ante nosotros convertido en toda una celebridad.
Su nombre es Matt Groening y tiene una destreza envidiable: sabe cómo satisfacer los gustos del auditorio universal con una teleserie, Los Simpson, donde pone en práctica eso que Umberto Eco llama “la espiral”.
Fíjense bien, porque tiene su gracia: según el semiólogo italiano, la virtud de este tipo de seriales es que continuamos interesados en conocer las peripecias de sus protagonistas, pese a que ya estemos al tanto de su psicología y de sus habilidades.
De gira por Europa, Groening muestra lo mucho que sabe de la condición humana. Además, el suyo no es un humorismo fácil ni pretencioso. Sólo con ese detalle ya le basta para poner de su lado a los periodistas que asistimos a la presentación de Los Simpson. La película.
“Soy el creador de Homer, Marge, Lisa, Maggie y Bart –nos dice, mientras se aparta un mechón de la frente–. Éstos son también los nombres de mi padre, mi madre y mis dos hermanas… Le habría llamado Matt a Bart, pero no quería hacerme eso a mí mismo”.
La precisión viene al caso, porque la familia ha sido siempre uno de los puntales de la serie. De otra parte, dicha fórmula se nutre de una antiquísima costumbre literaria.
Argumentos, los hay para todos los gustos y en distintas combinaciones, pero la familia, el clan, viene a ser el centro en el que adquiere su valor operativo cualquier narración, desde el fuego tribal hasta la novela de nuestros días.
El modelo nos suena conocido: Groening guiña un ojo a la soap opera y a la comedia de situación –géneros donde funcionan el parentesco y la palmadita en la mejilla–, y convierte a un matrimonio con hijos en foco de inagotable curiosidad.
Simple, pero eficaz. De hecho, el turno de preguntas y respuestas deja claro que, a estas alturas, nuestro personaje domina a la perfección la receta que ha convertido a su teleserie en una de las más influyentes de los últimos treinta años.
“Por supuesto –añade–, una de las razones por las que la serie es tan popular es la irreverencia de sus contenidos. Pero no es algo que busquemos pensando en el público. En realidad, hacemos Los Simpson pensando en nuestro disfrute personal”.
¿Irreverencia? Que me disculpen los defensores de esa etiqueta si me permito matizarla. Obviamente, a los árbitros de la moda les irritará que Homer tenga maneras de cochero, pero ello no nos permite pronunciar su nombre como si rimara como los de auténticos cartoons contraculturales.
Tres películas del animador Ralph Bakshi bastan para el desmentido, Heavy Traffic (1973), Coonskin (1975) y Hey Good Lookin’ (1980). Frente a ellas, Los Simpson te hace creer que eres mejor persona de lo que pensabas. Y créanme, ahí reside buena parte de su encanto.
Como demuestran los estudios de mercado, son muy heterogéneos los espectadores que respaldan la obra de Groening. Tanto es así, que me recuerda lo que sucedió en el siglo XIX con una novela de Stevenson, El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde, alabada por los liberales que la juzgaban subversiva y por los rigoristas que la entendieron como un cuento moral.
Juzguen ustedes mismos: en Estados Unidos, Los Simpson es defendida por el público infantil (con Bart, sobran las explicaciones), los geeks y los freaks (la serie es un compendio de la cultura pop), la progresía universitaria (satiriza el lado oscuro de la modernidad), la avanzadilla evangélica (muestra a una familia unida) e incluso los descamisados de la América profunda (ofrece un tierno reflejo de sus miserias). Ahí es nada: Groening ha puesto de acuerdo a la audiencia de Kevin Smith con los marines que ven la tele en la cantina de su regimiento.
Este tipo tiene un talento encallecido –su tira cómica Life in Hell se publica desde 1977–, pero eso no es estrictamente lo mismo que un don para el formato televisivo. Resulta tentador buscar el secreto de su éxito en un consejero, James L. Brooks, el director de La fuerza del cariño y Mejor imposible, a quien debemos series como Lou Grant y Taxi.
De hecho, el cerebro y el dinero de Brooks, por solución de continuidad, sirvieron para que los huéspedes animados del programa de Ullman (aquellos que mencioné más arriba) tuvieran un espacio propio a partir de 1989.
El resto forma parte de la historia de la televisión.
Ya se han rodado cuatrocientos episodios de Los Simpson. A estas alturas, no sorprende a casi nadie que su primer largometraje, dirigido por David Silverman, sea una de las apuestas del verano.
“En realidad –explica Groening–, llevan dieciocho años preguntándonos lo mismo acerca de este proyecto. Y nosotros siempre contestamos: La película estará lista para la próxima semana. Ahora por fin es cierto”.
Vamos a dejarlo donde empezamos, con el atractivo de unos personajes que son irónicos sin resultar perturbadores. Lo que siento de veras es que aún no tengan sucesores en el mainstream catódico. Suponiendo –ésa es otra– que alguien reclame la herencia sin caer en el plagio o en el trazo grueso.
(Publiqué la primera versión de este artículo en el diario ABC)
Copyright © de la fotografía (Matt Groening en Madrid): Guzmán Urrero, 2007. Reservados todos derechos.

Copyright © Cuadernos de Cine y Letras, Guzmán Urrero Peña, Madrid, 2007. Reservados todos los derechos.
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