Paula Echevarría, José Luis Garci y Toni Acosta, hoy en Madrid © Fotografía de Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.
DIÁLOGO CON JOSÉ LUIS GARCI
Luz de domingo
Cuando se repara en el clasicismo de José Luis Garci, es difícil sentirse indiferente. De hecho, supone un gran alivio encontrar a alguien capaz de defender sus películas con argumentos de cinéfilo a la antigua. Inspirada en el relato homónimo de Ramón Pérez de Ayala, Luz de domingo es la penúltima entrega del ciclo de adaptaciones literarias que, desde hace años, viene realizando este director. Emotiva, romántica e inquietante, su trama puede interpretarse como un reflejo de esas dos Españas que ya iban perfilándose a comienzos del siglo XX.
GUZMÁN URRERO | 14 de noviembre de 2007
Asimismo en www.guzmanurrero.es: Rafael Alberti y el cine y El cine de Jardiel Poncela.
l gaitero José Ángel Hevia interpreta el tema central de Luz de domingo ante los periodistas. No es una formalidad. A su modo, la música de Hevia resume las mismas emociones que inspira la película de Garci. El lirismo y la melancolía van de la mano. A ellos se añaden la dignidad, el arraigo y, por qué no decirlo, el aturdimiento que provoca el paso del tiempo.
Nos hallamos en la sala de proyecciones de Sony Pictures, y las notas de Hevia van formando una bruma imaginaria, en la que flotamos durante varios minutos.
De pronto, los focos se encienden. Cuando el director y el reparto de Luz de domingo ocupan el lugar de Hevia, nuestras miradas se concentran en José Luis Garci. No en vano, su película ha tenido un efecto considerable en la concurrencia.
Como todas las suyas, esta cinta inspira opiniones divergentes. La mía –ya se lo adelanto– estriba del lado más favorable.
Luz de domingo es un sólido e inteligente ejercicio narrativo, lo cual ya supone un argumento de peso en los tiempos que corren. Tiene a su favor un guión estupendo, que captura lo esencial de Pérez de Ayala y le da forma de western ibérico. La historia ofrece una lúcida reflexión sobre el caciquismo, y en cierto sentido, resume el destino de nuestro triste siglo XX. Por si no bastaran estos incentivos, presenta en combate dramático a dos irresistibles actores, Alfredo Landa y Carlos Larrañaga, arropados por compañeros tan valiosos como Kiti Manver, Manuel Galiana y Francisco Algora.
Veo que Garci entorna los ojos, como intentando acompasar el ritmo de sus pensamientos. Con una expresión de cariño en su rostro, Paula Echevarría se sienta a su lado. Tiene razones para sentirse satisfecha: es una actriz eficaz, de muy grata presencia, situada en ese momento mágico en el que todo es posible en su carrera. En Luz de domingo interpreta a Estrella, la nieta de Alfredo Landa, y créanme: lo hace con encanto y sensibilidad.
Para un escritor como Pérez de Ayala, los entresijos de la vida en un pueblo permiten recrear un espacio poético, en el que palpitan lo peor y lo mejor de los hombres. Pura literatura, de estilo frondoso y de una intensidad casi intraducible.
¿Intraducible? ¿Y a qué viene esta duda? Pues a que Garci ha elegido un relato sumamente difícil de adaptar. Desde luego, no extraña que se haya tomado tantas libertades a la hora de llevarlo a la pantalla.
Así se lo indico, aunque a él no parezca sorprenderle. “Horacio Valcárcel –me responde– ha escrito la película conmigo, y él puede hablar de la adaptación tanto o mejor que yo. En realidad, hemos hecho una especie de refundición de lo que es el mundo de Pérez de Ayala. El protagonista, por ejemplo, se llama de una manera distinta. Se llama Urbano, que es el protagonista de una de las obras que más me gustan de Pérez de Ayala: Luna de miel, luna de hiel / Los trabajos de Urbano y Simona (1923). Urbano viene de urbanidad, de corrección, de educación... Y eso le va muy bien al personaje. En este sentido, un experto en Pérez de Ayala como es Andrés Amorós menciona Luz de domingo como novela poemática. Dice Amorós que apenas queda nada del cuento original en este guión, pero sí está la esencia del escritor”.
Novelas poemáticas de la vida española… Con ese rótulo englobó Pérez de Ayala el ciclo que componen Luz de domingo, Prometeo y La caída de los limones. Todas ellas editadas en 1916 y bien estudiadas por Andrés Amorós, entre cuyos méritos destacan un libro esencial, La novela intelectual de Ramón Pérez de Ayala (Gredos, 1972), y el haber rescatado documentos valiosísimos. Por ejemplo, varias cartas inéditas del epistolario de Pérez de Ayala a Miguel Rodríguez-Acosta. De ahí que sea tan importante su opinión frente a un largometraje como el que nos ocupa. “Para mi alegría –ha escrito Amorós en El Mundo–, el resultado ha sido espléndido. Aparte del talento de su director y de todo el equipo, creo que se da aquí un acierto básico: no intenta Garci trasladar fielmente a la pantalla todo y sólo lo que cuenta el autor asturiano; con muy buen criterio, elige los elementos que le interesan, subraya algunos, añade otros... En definitiva, se inspira libremente en la obra de Pérez de Ayala y la recrea desde su personal punto de vista. Como siempre, la fidelidad al espíritu, no a la letra, es el mejor camino; a partir, naturalmente, de la sensibilidad y el talento que a Garci no le faltan”.
“Creo que este relato de Luz de domingo –añade Garci– es algo que él oyó contar de niño, con seis o siete años. Algo que había sucedido en el pueblo donde él pasaba algunos veranos. Un pueblo que llama Cenciella, pero que es Noreña. Ahí es donde hemos rodado la casa de Pérez de Ayala, que es la fonda de la película. A él esta historia le debió impactar mucho, y cuando fue adulto, trató de recogerla a su manera. Al fin y al cabo, era muy europeo, muy elegante, sutil. Un hombre de gran cultura. Todo un filósofo… Uno de los problemas de la adaptación es que, si no recuerdo mal, a la protagonista la violan siete hombres, como los siete infantes de Lara, y claro, eso cinematográficamente no se puede hacer. Lo que se ha hecho es una versión”.
ste párrafo constituye un valioso preámbulo a una confidencia. “El haber hecho esta película –dice Garci– se debe a que, hace muchos años, casi treinta, un periodista que falleció el año pasado, Carlos Luis Álvarez, Cándido, me dio la idea de adaptar Luz de domingo. Me parece que fue en el estreno de Solos en la madrugada, o quizá fue en el de Las verdes praderas. ‘Tendrías que hacer Luz de domingo’, me dijo, y yo le contesté ‘Es difícil, porque Pérez de Ayala, aunque yo lo conozco, es muy complicado de llevar al cine’. Cándido creía que ésta sería una película muy española. Un reflejo muy claro de lo que vino dos décadas después, con la Guerra Civil. Eso quedó así, y siempre que me encontraba con Carlos Luis Álvarez, me decía ‘A ver cuándo haces Luz de domingo’. Recuerdo que el año pasado, cuando terminamos el guión Horacio y yo, le llamé por teléfono para enviárselo, a ver qué le parecía. Cándido estaba ya en el hospital. Yo me tuve que ir unos días, con tan mala suerte que no lo pudo leer, porque se murió el 15 de agosto. Pero él fue la primera persona que vio que ahí se podía hacer una película. De hecho, él era de Oviedo, y mantuvo mucha correspondencia y amistad personal con Ramón Pérez de Ayala”.
(Permítanme una digresión... Les prometo que es oportuna y será breve. Lo que comenta Garci me anima a releer viejos papeles. De Carlos Luis Álvarez conservo un artículo que publicó en Los Cuadernos del Norte, conmemorando el centenario de Pérez de Ayala (1880-1980). Ese artículo, publicado bajo el título Contorno de un clásico (Contra Dorio de Gades), incluye el siguiente recuerdo: “Muchas veces –escribe Cándido–, a lo largo de tres años, coincidí a solas con él. Solía preguntarme por algunos rincones de Oviedo y me contaba unos chistes muy ingleses de Adán y Eva. Cuando yo intentaba hablarle de literatura contestaba con generalidades breves, perezosamente. Si le hablaba de Albert Camus me decía que sus tesis ya estaban en los griegos. De Azorín me dijo que era un tartamudo mental”.)
a afinidad de Garci con el relato de época le acaba metiendo en una justificación más que razonable. “No hace mucho –explica, con aire convencido–, comenté que, a la hora de hacer cine, me interesaba más el pasado. Y ahora estoy rodando una película sobre el 2 de mayo de 1808. De modo que, si sigo así, no sé dónde voy a llegar... En todo caso, yo hice un cine en torno a lo que ahora se conoce como la transición. Reflejé ese periodo de una forma absolutamente documental. Así, en películas como Asignatura pendiente, Solos en la madrugada y Las verdes praderas quedaba plasmado por medio de distintas referencias: desde la muerte de Franco y la legalización del Partido Comunista hasta aquellos chalecitos en la sierra, donde no había bombona para calentarse en el fin de semana”.
“Después de eso –continúa–, Horacio Valcárcel y yo nos acercamos a una investigación más actual, que fue El crack. En esa película, con materiales más o menos negros –o gris marengo– también reflejamos algo de lo que estaba ocurriendo en España. Después de Canción de cuna no es que yo haya perdido las ganas de reflejar el presente, pero sí he llegado a una conclusión, y es que creo que para reflejar el presente hay que hacer como los pintores. Conviene dar un par de pasos atrás, y tomar perspectiva”.
Es verdad que, en casos como éste, los entrevistadores y reporteros suelen evitar las preguntas técnicas. Pero uno, al fin y al cabo, es un admirador de la fotografía cinematográfica. Y la de Luz de domingo me parece doblemente meritoria: por sus matices y por lo difícil que es lograrlos con un clima tan caprichoso como el asturiano.
“Con ese título –me responde el director–, ya se sabía que la luz iba a ser una cuestión complicada. En Asturias, sale el sol y dos minutos después está nublado. Por eso conté con un operador maravilloso, Félix Monti. Como director de fotografía, Monti es, probablemente, el número uno en el cono sur. Es el operador de la primera y única película argentina que ganó el oscar, La historia oficial, es el operador de las películas de Juan José Campanella, y además ha trabajado como operador jefe con Gregory Peck y Jane Fonda en Gringo viejo. Se trata de un profesional de una categoría excepcional. Lo conocía y sabía de su enorme talento. Por eso le hice venir desde Argentina para rodar Luz de domingo, y le he vuelto a llamar para que trabaje en mi película sobre el dos de mayo. Además, es una de las mejores personas que yo me he encontrado en mi vida dentro de esta profesión”.
Las preguntas se suceden y, a todas luces, el mejor Garci sale a relucir cuando la sesión toca a su fin.
“La industria del cine ha cambiado –dice–. La gente que antes iba al cine ahora compra las películas y las ve en su casa, en unas pantallas maravillosas y en unos DVDs que se ven mejor que en los cines. Entre que las pantallas de las salas se han hecho más pequeñas y las de casa más grandes, hemos llegado a un término medio. Ese cambio ha provocado que una parte de los aficionados al cine –los cinéfilos o cinéfagos– cultiven su afición desde casa. Además, el DVD es coleccionable y permite acceder a etapas completas de la historia del cine. Por otro lado, es evidente el cambio generacional. A mí me gustaba ir al cine... De hecho, no tenía muy claro qué es lo que más me gustaba: si ir al cine, ver cine o hacer cine”.
estas alturas, el director nos conduce hasta un mundo nostálgico, y además en Technicolor. “Las tres cosas –añade– me apasionaban. ¿Hacer cine? Lo he hecho. ¿Ir al cine? Antes lo hacía casi todos los días. ¿Y ver cine? Pues para qué te voy a contar… Creo que si necesito gafas es porque tengo la vista cansada por haber visto tantas películas… El caso es que todo ese mundo ha ido desapareciendo. Lo que los aficionados al cine sí deben echar de menos es el formato original. Ver las películas como antes se veían... Porque no es lo mismo ver Casablanca en una pantalla de cine que verla en un televisor. Ahí hay un problema que no es de metros cuadrados. Es un problema de intensidad… Y eso era ir al cine. Era como ir a otro planeta. Era la realidad virtual por excelencia… Y eso hay que asumirlo”.
Tengo la sospecha de que Garci ya no necesita dar explicaciones sobre sus gustos estéticos. “Lo que no puedo hacer –dice– es cambiar. A estas alturas, no puedo hacer un cine para la gente que tiene veinte años. Al fin y al cabo, eso es lo que está haciendo la industria de Hollywood. Los ejecutivos de Hollywood, y también los ejecutivos que hay en España, no tienen ningún poder... El poder lo tienen los chicos de doce años, que dicen las películas que quieren que se hagan. Es decir, que Robert Redford, por poner un caso, no tiene mucho poder para hacer las películas que quiere. Como decía, son los chicos de doce años los que quieren que se haga Spiderman VI o VII. Los ejecutivos de América lo asumen, porque si no, la gente no va al cine. Y esta industria tiene que mantenerse. Yo puedo seguir haciendo cine –dos o tres películas, no creo que me queden más–, pero haré el tipo de cine que a mí siempre me ha gustado, porque si no, sería algo postizo. Hay que ir retrocediendo y ceder paso a gente que viene de otro mundo: de la publicidad, de los cómics, de los efectos digitales”.
omo quien rebusca durante unos instantes en sus bolsillos, José Luis Garci medita su siguiente respuesta. “Por edad –dice–, no me van a quedar muchas más películas por hacer… Más allá de mi caso particular, eso supone una injusticia para el cine. Pensemos que Berlanga lleva diez años sin hacer películas. Billy Wilder estuvo quince años sin rodar. Lo mismo cabe decir sobre John Ford y sobre tantos otros… El hecho es que, cuando más y mejores conocimientos tienes de la profesión, en Estados Unidos no te dejan dirigir porque temen que queden a la mitad de la película. Y eso es algo que no pasa con la música. Todos los grandes directores de orquesta, desde Stokowski hasta Von Karajan, han dirigido con ochenta años, porque tienen un conocimiento perfecto de lo que es la estructura de la música. Saben lo que puede salir de la cuerda, del metal, y les dejan seguir dirigiendo, y lo hacen maravillosamente. En cambio, en el cine no es así... Tienen miedo. Hitchcock y Billy Wilder no podían hacer más películas porque los seguros no les autorizaban a ello… Es realmente ridículo, porque, a esa edad, todo te favorece. Pero cuando te aproximas a esos años, las posibilidades de rodar son menores. Entras en eso que llaman el circuito de los retiros. Te van dando homenajes, programan retrospectivas… Por eso yo me niego a que me den un homenaje, porque entrar en ese cinturón del retiro debe de ser terrible”.
Cuando el encuentro concluye, advierto Garci es un tipo cordial en la distancia corta. La suya es una inteligencia vivaz, y su desenvoltura es tan evidente que, sin saber muy bien cómo, te anima a seguir escuchándole. Sin embargo, no estoy tan seguro de que le vaya a entusiasmar otro rato entre nosotros. Se halla en mitad de un rodaje, y la promoción de Luz de domingo interfiere en una rutina marcada por las tomas que hoy mismo ha de completar.
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