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DIÁLOGO CON EDWARD NORTON
Un genio incipiente
GUZMÁN URRERO | 15 de noviembre de 2006
El actor se acomoda en su silla. Acaba de terminar la sesión fotográfica y, por un momento, trata de enfocar la mirada en este amplio salón del hotel Villa Magna. Con tantas entrevistas a su espalda, parece adivinar los lugares comunes de lo que está por venir. Preguntas que le son familiares, porque ya se las han formulado antes, por turno y en otros idiomas. Hay un protocolo del márketing, ligeramente trillado pero todavía efectivo, que establece que la estrella de una película es quien mejor puede comerciar con sus méritos. Ya saben a qué me refiero: la financiación de un proyecto depende del reparto. Ocurre lo mismo con la publicidad.
En este caso, a Edward Norton debe de resultarle fácil la venta, pues El ilusionista, de Neil Burger, pertenece al tipo de largometraje que complace a los críticos. Consciente de ello, el actor desconecta su pared cortafuegos e inicia su intervención con tono entrañable: “La historia tiene lugar en el Imperio Austro-Húngaro −señala−. Dado que en Viena se mezclaban habitantes de diversa procedencia, procuramos que la voz del mago Eisenheim, mi personaje, diera la impresión de que procede de Bohemia. ¿Y qué decir de los teatros de Praga? Esa fue, precisamente, una de las razones decisivas para rodar allí. A decir verdad, casi no hay que hacer cambios en la escenografía”.
Norton comparte protagonismo con Paul Giamatti, y su admiración por él supera con creces a la simpatía que también le profesa. “Coincidimos en un grupo teatral cuando ambos estudiábamos en la Universidad de Yale −aclara−. Yo tenía diecinueve años, y él, veintiuno. Tenía muchas ganas de rodar con él, porque se trata de uno de mis actores predilectos”.
El modo de hablar de Norton es cuidadoso. Construye sus frases del modo en que lo hacen los buenos lectores y los abogados. La prueba más patente de que se trata de un hombre culto figura en su biografía: obtuvo en Yale la licenciatura en Historia, y con ello complació a su padre, representante legal del National Trust for Historic Preservation. Créanme, no es casual que, a la hora de preparar este papel, leyera las memorias del más grande prestigiditador francés, Jean Eugène Robert-Houdin.
Cuando me intereso por esa lectura y por otras investigaciones afines, Norton saca a relucir un personaje a quien admiro. “Mi asesor en este campo fue Ricky Jay”, dice. “¿El amigo de David Mamet?”, le pregunto. “Exacto −responde−. No sólo es un mago prestigioso. También es un espléndido historiador de este tipo de fenómenos teatrales. Gracias a sus conocimientos, pudimos recrear el tipo de trucos que solían escenificar los ilusionistas del siglo XIX. No fue algo sencillo, puesto que hay que implicar al espectador en el acto mágico, pero sin revelar el secreto. Sin duda, se trata de la parte más exigente de mi papel, sobre todo desde el punto de vista técnico”.
En la película, Norton recupera el carisma de magos clásicos como David Devant y Carl Hertz. A modo de broma, y para no caer en la pedantería, prefiere decir que su inspiración proviene del Doctor Extraño, el superhéroe de los cómics Marvel. “Para ser sincero −dice−, otra gran ayuda fue disponer del vestuario y del decorado adecuados. Se tiende a creer que la construcción de un personaje es algo íntimo, pero ese tipo de elementos externos pueden resultar decisivos”.
Algo similar debió de pensar cuando preparaba su papel como rey Balduino en El reino de los cielos (2005). Aun sin caer en la complacencia, aquel rodaje le permitió conocer nuestro país. “Trabajé en Sevilla −comenta−. Recuerdo, por ejemplo, cuando David Thewlis y yo fuimos en coche al carnaval de Cádiz y nos perdimos por completo. No era, desde luego, mi primera experiencia en España. Mi tío tenía una casa en Mijas, y solía ir allá con cierta frecuencia. También recorrí la Costa Braba. Es más, en mis tiempos de universitario, incluso me animé a ir a los Sanfermines y llegué a correr en un encierro. Aquello fue una auténtica estupidez, pero el caso es que sobreviví".
Con aún mucho por demostrar, Norton encauza su carrera como director desde que estrenó Keeping the Faith (2000). Siete años después, todavía quiere ponerse al otro lado de la cámara. “A veces salen al paso otros proyectos −dice−, y eso complica los planes. En todo caso, estoy a punto de terminar el guión de Motherless Brooklyn, que se inspira en una novela de Jonathan Lethem”.
No le cuesta hablar sobre sus compañeros de trabajo. Se refiere a los veteranos con deliberada corrección, y a sus coetáneos, con una resuelta desenvoltura. Cuando menciona su experiencia junto a Robert De Niro, el recordatorio es de lo más amable. “Lo admiro −explica, sonriente−. Es uno de los iconos de nuestro tiempo, capaz de plasmar la energía de su generación. Tiene una formidable trayectoria. Además, ha sabido elegir sus papeles con una deslumbrante audacia”.
Sale a relucir en este punto una analogía inmediata. ¿Es Norton un legítimo heredero de De Niro? “Esa comparación la tomo como un cumplido −responde−, pero resulta difícil de creer para mí”.
Se trata de alabanzas predecibles, pero no enteramente desprovistas de significado. Con lo uno y con lo otro, entramos de lleno en el terreno de los paralelismos. Y hablando de afinidades, él ya sabe que Christian Bale también protagoniza un filme sobre magos, El truco final. El prestigio. “Aún no he visto esa película −dice−. Pero admiro a Bale y le considero un gran actor, así que iré a ver su trabajo. En todo caso, no sé por qué Hollywood tiende a esa dualidad: a dos películas sobre asteroides las siguen otras dos sobre volcanes. Y ahora, tras un par de cintas sobre Truman Capote, llegan dos sobre magos”.
Le pregunto si había leído Eisenheim the Illusionist, de Steven Millhauser, el relato en que se inspira El ilusionista. Insinúo que quizá le atrajo un guión como éste por una virtud evidente: está impecablemente escrito. “Claro que sí −contesta−. Dos amigos míos, David Levien y Brian Koppelman, los guionistas de Rounders (1988), me lo hicieron llegar. No había leído el cuento en el cual se basa. Con todo, el hecho de que no fuera un clásico de la literatura nos dio la oportunidad de introducir cambios sin sentir presión alguna”.
Norton sabe encontrar la respuesta más sensata y también sabe administrar su tiempo. Según lo proyectado, el nuestro termina. A vuelapluma, me regala un autógrafo y abandona la sala. "Dejémoslo así", parece decir. Durante los siguientes cinco minutos, me da por pensar en la expresión de ironía con la que se ha despedido.
Copyright © de la fotografía: Guzmán Urrero, 2007. Reservados todos los derechos.

Copyright © Cuadernos de Cine y Letras, Guzmán Urrero Peña, Madrid, 2007. Reservados todos los derechos.
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