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"Sangre de mayo", de José Luis Garci Imprimir E-mail
 Sangre de mayo
Sangre de mayo, de José Luis Garci

Director: José Luis Garci.
Reparto: Quim Gutiérrez, Paula Echevarría, Manuel Galiana, Carlos Larrañaga.
Guión: José Luis Garci y Horacio Valcárcel
Producción: Nickel Odeon y Telemadrid.
Año: 2008.



onfieso que ésta es una de esas cintas sobre las que resulta difícil opinar sin ponerla en su contexto. La cosa, como verán, despierta polémica, y conviene atarse muy bien los machos antes de aventurar explicaciones.

Hace unos meses, coincidiendo con el rodaje de Sangre de mayo, un grupo de periodistas visitamos sus deslumbrantes decorados. Treinta mil metros cuadrados, en la localidad madrileña de Fuente el Saz del Jarama, convertidos en una perfecta y bellísima reproducción del casco histórico de Madrid allá por 1808.

Durante aquella visita –y sin haber visto un solo metro de película–, tuve el placer de entrevistar al director artístico, Gil Parrondo, ese genio premiado con dos Óscar por su labor en Patton y Nicolás y Alejandra.

También charlé con José Luis Garci, pensativo –en el exacto sentido de la palabra– y no sé si inquieto por el hecho de llevar a la pantalla una lección viva de historia.

costumbrado como está uno a que los prejuicios dominen a más de un opinante, me dio por pensar que esta adaptación galdosiana, respaldada por la Comunidad de Madrid, no iba a recibir veredictos amables en determinados medios. Y no por una cuestión de calidad o de méritos, sino porque a Garci no se le perdonan dos cosas: su americanismo –llámenlo fidelidad al Hollywood de la edad dorada– y su capacidad para no caer en el sectarismo político.

¿Visos de inquina? Gajes, en cualquier caso, de mantener la independencia durante tanto tiempo en una industria frágil, pequeña, casi siempre orientada contra esto y a favor de aquello, o lo que viene a ser lo mismo: condicionada por poderes públicos que, demasiadas veces, la emplean como correa de transmisión ideológica.

Y en esas andamos. Además, en el caso de Sangre de mayo, se añade otro supuesto pecado que purgar, dado que la cinta es patriótica –alguno que yo me sé añadiría: en el buen sentido–, y explica nuestra identidad colectiva de forma inteligente, rigurosa con los acontecimientos –ay, del pasado–, sin caer en el aldeanismo de quienes hoy reescriben las crónicas con un solo propósito: volver incomprensible la palabra España.

Eso me recuerda, por cierto, que el párrafo anterior, a estas alturas, debe sonarles fatal a quienes ya se han convencido de que ciertos sentimientos, por ejemplo la defensa de la historia en común, van en contra de la diversidad. Por ese lado, la demagogia ha hecho su efecto y tiene difícil remedio. Ya ven que no es posible quedar bien con todos.

la hora de poner en imágenes este drama español, con sus contradicciones y su deriva trágica, José Luis Garci ha contado con un equipo técnico de primera. Después de verla en pantalla, no imagino Sangre de mayo sin los decorados de Gil Parrondo, construidos por Ramón Moya. La ambientación de Julián Mateos es magnífica, lo mismo que el documentadísimo vestuario de Lourdes de Orduña.

No se queda atrás Félix Monti, cuya fotografía merece el reconocimiento de la Academia. Dejo para el final, en este apartado, la banda sonora de Pablo Cervantes. Cuando el músico adapta partituras clásicas, lo hace con respeto y talento. Cuando incorpora sus propias notas, logra que la épica se adueñe del oyente.

El guión de Sangre de mayo, firmado por Garci y Horacio Valcárcel, sobrevuela dos de los Episodios de Galdós, y a partir de ese punto, ensambla un melodrama coral, donde caben la intriga palaciega, la comedia de costumbres, el romance y la aventura.

Todo ello al servicio de un concepto principal: la idea de que España, a pesar de sus héroes y de sus intelectuales, sufrió un destino dramático. Dicho de otro modo: la grandeza del país careció de percha en la que posarse, y el mismo pueblo que se batió unido y con honor frente a Napoleón, le bailó las gracias al tirano Fernando VII. Átense cabos alrededor de ese drama en el que, si algo falta, son buenos gobernantes y líderes razonables.

Garci se mueve cómodo en los salones de palacio, en los jardines y en las calles más castizas. Sabe atrapar la vida, caracteriza bien a los protagonistas y hace muy creíbles a los restantes personajes. En este sentido, Sangre de mayo tiene a su favor unos diálogos de época que no resultan anticuados. Escritos sin rebuscamiento, con la conciencia de que deben hablar por sí solos.

as escenas de acción –menos de las que quizá hubiera requerido el proyecto– resultan correctas, pero no llegan a fascinar. José Luis Garci marca intenciones, pero fallan algunos matices. Así, cuando entra en juego la multitud, se echa en falta una mayor implicación de algún que otro extra –una sonrisa a destiempo o el cuchillo mal empuñado pueden arruinar todo un plano–, y eso me lleva a pensar que, dada su falta de costumbre, el cine español debiera aplicarse más a la hora de elaborar este tipo de secuencias.

Ese detalle, aunque lo saque a relucir, no es decisivo. Sangre de mayo luce bien su presupuesto –quince millones de euros–, y exhibe generosamente sus medios humanos: nueve mil figurantes, cincuenta jinetes y otros cincuenta especialistas vestidos de época.

Lástima que, como le cuenta el director a Antonio Astorga en el ABC, Garci no pudiera rodar el asedio al Parque de Monteleón.

“La única pena que me queda de la película –dice el realizador en esa reveladora entrevista– es no haber podido sacar el asedio al Parque de Monteleón porque el presupuesto no dio. Tanto hablan de esos quince millones de euros... pero es la mitad de lo que se gastó mi admirado Milos Forman en Los fantasmas de Goya. Cuando digo admirado, lo digo de corazón porque le conozco y le tengo un gran cariño. Nosotros tuvimos que mutilar una parte del guión, probablemente la más épica, que es cuando Daoíz está en el Parque de Monteleón junto a treinta y tantos soldados y les dice mirando un papel: «¡Esta es una orden cobarde y no vamos a hacer caso de ella!» Y la rompe delante de todos. Rápidamente, ordena que se abran las puertas, que pase la gente y que armen al pueblo. En ese momento les dan de todo, hasta estoques de torero. Pero ya bajan por lo que hoy sería la calle Ruiz los mamelucos y los cañones. Y ahí vendría la gran pelea tipo «El Álamo», que yo quería haber hecho. Saltando por los muros del Parque, rotos por los cañonazos, la muerte de todos, de los héroes, el sablazo a Daoíz. Pero tuvimos que obviar esa parte porque teníamos que haber montado el Parque de Monteleón entero, filmar por los cuatro lados, colocar decorados, poner trozos de huerta y de calles por donde seguía entonces Madrid. No se podía. Y pasamos a cuando llevan en la carreta a Daoíz para que le den los santos óleos. No me quejo del presupuesto ni mucho menos, pero...”.

n cuanto al reparto, ésta es una de esas producciones en las que el nivel alcanzado es irreprochable. Quim Gutiérrez domina estupendamente su papel protagonista, Paula Echevarría extrae mucho encanto de su interpretación, y Manuel Galiana construye, desde la sabiduría, un personaje lleno de ternura, compasión y espiritualidad.

Carlos Larrañaga, sensacional, parece dispuesto a robar cualquier escena. La misma entrega demuestran Miguel Rellán y Tina Sáinz –ambos parecen salidos de un libro de Dickens–, Paco Algora, Manuel Tejada –otro papel muy bien trabajado–, Fernando Guillén Cuervo, Carlos Hipólito, María Kosti, Juan Calot y el eficacísimo Enrique Villén.

Ninguna interpretación es rutinaria en Sangre de mayo, pero hay dos que merecen un punto y aparte. Lucía Jiménez encarna a una modistilla valiente, desenvuelta y apasionada, que prende en la imaginación del espectador a pesar de la brevedad de su papel.

En un registro opuesto, Natalia Millán da vida a la aristocrática Natalia. A Millán, con mucho bagaje escénico a sus espaldas, le viene como anillo al dedo este desempeño, en el que caben la distinción, el juego seductor y una absoluta conciencia de que el poder lo es todo.

s cierto que Garci desarrolla el último acto con un punto de melancólica ambigüedad –atención a las palabras puestas en boca de Carlos Larrañaga–, pero ello no resta energía emocional a una de las mejores películas históricas del reciente cine español. Un espectáculo maduro, brillante, que desvela plano a plano ese clasicismo narrativo que Garci siempre está dispuesto a ofrecer.

Acabo estas líneas cediendo la palabra al director. Como les dije, el argumento de Sangre de mayo, de rango heroico y a la vez intimista, me sirvió para plantearle al director la siguiente entrevista mientras paseábamos por el set de rodaje. No me cabe duda de lo que él mismo dice sobre su obra tiene mucho más fundamento que todas las opiniones que aquí podamos brindar al espectador.

(Copyright © Guzmán Urrero Peña)


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l joven Gabriel Araceli trabaja de cajista en una modesta imprenta de Madrid. Su novia, Inés, es una guapa chica huérfana que vive en Aranjuez, acogida por su tío, don Celestino Santos del Malvar, humilde sacerdote pariente lejano del poderoso ministro Godoy. En la visita al Real Sitio para ver a la novia, Gabriel coincide con el histórico motín del 19 de marzo contra Godoy, cuyo palacio es asaltado por la turba.

Pensando en el bien de la chica, don Celestino consiente en que Inés se traslade a Madrid, para vivir con sus también parientes don Mauro Requejo y su hermana Restituta, que tienen tienda de paños en la capital. Pero allí los tales parientes convierten a Inés en una sirvienta. Gabriel, para estar cerca de su novia, en respuesta a un anuncio se ofrece como mozo en la tienda. Con ayuda del mancebo Juan de Dios, que también se ha enamorado de la moza, intenta raptar a Inés, pues don Mauro pretende nada menos que casarla con él mismo. Y, tras mucha peripecia, Gabriel consigue huir con Inés aprovechando el tumultuoso recibimiento que el pueblo de Madrid rinde al nuevo rey Fernando VII, El Deseado.

a enamorada pareja se refugia en la pensión del chico, situada en la calle de San José, frente al Parque de Monteleón. Su proyecto es huir a Cádiz, ciudad natal del muchacho. Don Celestino, el sacerdote tío de Inés, huyendo de la persecución de que es objeto por su relación con Godoy, se reúne con la pareja.

Pero los tiempos andan revueltos porque, con pretexto de su marcha hacia Portugal, las tropas de Napoleón han entrado en España. Lo han hecho como amigos y aliados, pero los soldados franceses son mal vistos por la población madrileña, que los considera invasores. Y el día del 2 de mayo estalla la revuelta popular contra los destacamentos imperiales. Y, accidentalmente, Gabriel Araceli se ve envuelto en las feroces luchas que tienen lugar en la Puerta del Sol y otros lugares de Madrid.

Notas del director

e niño, mi asignatura favorita en el colegio, incluso antes de iniciar el bachillerato, fue siempre la de Geografía e Historia. Me apasionaba fisgonear en el Atlas (de la editorial Hernando), recorrer con el dedo el mapamundi o los mapas etnográficos o el planisferio celeste, hojear los libros con dibujos de la antigua Grecia o del Imperio romano.

Lo cierto es que aquello, claro, estaba muy cerca de las películas. El cine histórico (todos los westerns lo eran) ha ejercido gran poder de fascinación sobre mí. Adoraba los peplums (cuando aún no se llamaban así) y los cotilleos sobre Isabel y María Estuardo o sobre los tiempos de María Antonieta y la Revolución francesa.

Entre mis favoritas: Lo que el viento se llevó, de Victor Fleming y muchos más; Quo Vadis, de Mervin LeRoy; Las cruzadas, de Cecil B. DeMille; y qué decir de Espartaco (Kubrick); El Cid (Mann) o Cleopatra (Mankiewicz); o, ¡uf!, La Marsellesa (Renoir) o La prise de pouvoir par Louis XIV (Rossellini)…

De otra parte, tengo bien comprobado que ir de la mano de Galdós a cualquier parte es viajar en clase preferente. Para mí, don Benito es la plata indiscutible de nuestro medallero literario, tras el oro de Quevedo y precediendo el bronce de Baroja.

Fortunata y Jacinta me parece la mejor novela escrita en nuestro idioma (tras el Quijote, desde luego), y atesora en su construcción más sabiduría que la de David Copperfield, de Dickens.

os Episodios nacionales, sobre todo los de la primera parte, no tienen menos aliento épico que Guerra y Paz, de Tolstói. Los Episodios es la obra de un escritor poderoso, de un novelista moderno, de un cronista ameno y meticuloso, de un periodista de investigación objetivo y responsable, más que de un historiador tradicional.

En mi primera lectura de los Episodios, a los diecisiete años, no advertí que bajo la estructura novelesca de “historia vivida” había un claro propósito de, digamos, educación política y que, tanto como los personajes, a Galdós le atraía la “realidad social”.

En esa mi primera vez, ya digo, me dejé arrastrar por los protagonistas y sus peripecias, por su fabulosa “ambientación”, por los tipos (los “extras”) y sus oficios, por la atmósfera (nunca he tenido esa impresión de estar ante un mundo tan rebosante de vida; Balzac, Simenon, también poseen parecida fuerza descriptiva), en fin, por ese reflejo tan certero de las clases medias, artistas diletantes, posaderos, mendigos, comerciantes, religiosos, bullendo en calles y plazas, lonjas y mesones, cuarteles o palacios, todos desbordados por los nuevos tiempos, por el tremendo final de una época.

Con los Episodios me ocurre como con algunos poemas de Lorca o Antonio Machado, que siempre parecen nuevos, por más que los leas.

Pero sí, claro, “también” Galdós meditaba en cada página de su monumental obra ―otra Comedia humana de la Era moderna―, sobre el fracaso de un pueblo y un reino. Voy a entrecomillar unas palabras del maestro: “Por más que la generación actual se precie de vivir casi exclusivamente de sus propias ideas, la verdad es que no hay adelanto en nuestros días que no haya tenido su ensayo más o menos feliz, ni error al cual no se le encuentre fácilmente la veta a poco que se escarbe en la historia para buscarla”.

a película Sangre de mayo se inspira en los episodios La Corte de Carlos IV y El 19 de marzo y el 2 de mayo. Y ratifico lo de que “se inspira” porque, como cuando también Horacio Valcárcel y yo adaptamos El abuelo, nos hemos tomado muchas licencias con el texto, en el dibujo de los personajes y sus andanzas, en los diálogos o en la creación de nuevos caracteres y numerosos cambios argumentales. Aun así, la esencia del pensamiento galdosiano espero que haya sido respetada al máximo, como en El abuelo.

Leer a Galdós es meterte en la auténtica máquina del tiempo, nada que ver con aquella de Rod Taylor, y asistir boquiabierto a los lugares donde se desarrolló parte de nuestra Historia reciente, sin sectarismos, sin la tentación de opinar y opinar, con piedad de la buena, con talento y transparencia.

En cuanto a mí, nunca había filmado batallas, cañonazos, cargas de caballería; ni en decorados enormes que reproducían calles de Madrid o estancias del monasterio de El Escorial, por no hablar de los cientos de figurantes que se movían por mercados, figones, lavaderos del Manzanares y aplaudían a Fernando VII (en mala hora) en la Puerta del Sol. Ha sido como si volviera a la infancia.

Hace ya dos años y medio, la Comunidad de Madrid (que ya manejaba numerosos proyectos para conmemorar el Bicentenario del 2 de mayo de 1808) me ofreció la posibilidad de enfrentarme cinematográficamente a tan poliédrico hecho, una insurrección que desencadenaba un vacío de poder, primero, y la Guerra de la Independencia, después.

Jamás se lo agradeceré suficientemente a Esperanza Aguirre. Porque ha sido como uno de aquellos regalos que recibí y no recibí de niño. Todo junto. Como el fuerte y la media docena de pieles rojas y de soldados del Séptimo de Custer, que me regalaron mis padres unas navidades, y como la bicicleta que nunca pudieron comprarme.

Por último, quisiera añadir que Galdós amaba la imagen, la ilustración de lo novelado. En su Prólogo al lector de la edición dibujada de los Episodios, de 1882, confiesa que “… el texto gráfico es, a mi juicio, condición casi intrínseca de los Episodios nacionales”. Ojalá que la “ilustración” de Sangre de mayo se parezca un poco a aquella de los Lizcano, Mélida, Ferriz y Pellicer.

De haber vivido algo más, no me cabe duda de que Galdós habría sido un cinéfilo de alzada. Cuando murió don Benito, en 1920, el cine ya había dado, entre otras, películas tan extraordinarias como Le voyage dans la Lune (Mèliés, 1902), The great train robbery
(Porter, 1903), Los vampiros (Feuillade, 1915), El nacimiento de una nación, 1915, Intolerancia, 1916, y Lirios rotos, 1919, las tres de Griffith; y Ana Bolena (Lubitsch, 1920).

¡Lo que me habría gustado charlar por los codos de cine con don Benito!

Copyright del comentario © Guzmán Urrero Peña. Reservados todos los derechos.

Copyright de la nota del director © José Luis Garci. Reservados todos los derechos.

Copyright de la sinopsis y de las imágenes de Sangre de mayo © Nickel Odeon y Telemadrid. Cortesía del departamento de prensa de Alta Films. Reservados todos los derechos.

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