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El incidente , de M. Night Shyamalan © 20th Century Fox. Cortesía del Departamento de Prensa de Hispano Fox Film. Reservados todos los derechos.
SHYAMALAN Y SUS PRECURSORES
La hora del Apocalipsis
En agosto de 1962, mientras François Truffaut grababa su famosa entrevista con Alfred Hitchcock, éste ponía su interés en el montaje de Los pájaros. “Después de haber presentado a simpáticas y dóciles aves que arrancan los ojos de los hombres –le recomendó entonces el cineasta francés– ¡debe hacer usted una historia de flores cuyo perfume envenena a la gente…!”.
GUZMÁN URRERO PEÑA | 15 de junio de 2007
Publiqué previamente este artículo en ABCD Las Artes y Las Letras, suplemento cultural del diario ABC.
Asimismo en www.cineyletras.es: Diálogo con M. Night Shyamalan y Comentario de El incidente.
n realidad, la broma de Truffaut presenta incómodas similitudes con varias películas menores, aunque no podemos estar seguros de que el director francés estuviera al tanto de títulos como From Hell It Came (1957), de Dan Milner, donde un árbol se convierte en asesino.
Buen material, no lo duden, pero digno de la peor serie B. Argumentalmente, la cinta de Milner sigue la construcción de las monster movies apocalípticas, un subgénero en el que brilla The Navy vs. The Night Monsters (1966), de Michael A. Hoey, situada en el peor momento de otra epidemia vegetal.
Claro que si hablamos de plantas conspiradoras y mortíferas, no se me ocurre mejor ejemplo que La semilla del espacio (1962), de Steve Sekely, basada en la novela El día de los trífidos, de John Wyndham.
¿El mensaje? Es probable que no lo hubiera, a no ser que rebusquemos las consabidas metáforas de la guerra fría y el terror atómico. M. Night Shyamalan sostiene una opinión similar, y por ello su nueva película, El incidente (que él mismo define como serie B) carece de lecturas secundarias.
un invocando a esa ingenua tradición de la botánica hostil, el cineasta indio nos ofrece un soberbio relato de horror, desafiante y lúcido, que además se hunde en el pozo de los temores sociales.
Ya ven que le supongo a Shyamalan la intención –no confesada– de inspirarse en títulos como los citados, y eso que, según él mismo nos comenta en Madrid, su largometraje nació como resultado de haber leído noticias acerca de la desaparición de las abejas en Estados Unidos.
“¨¿Qué ocurriría –se pregunta– si la Naturaleza se volviera un día contra nosotros?”.
A primera vista, incluso las peores películas de este tipo contienen una serie de elementos comunes: el peligro golpea a intervalos irregulares y la especulación sobre su origen desemboca en la paranoia.
Con todo, y a pesar de la nostalgia que deseemos sentir, parece improbable que el temario de From Hell It Came regrese a las pantallas.
Por eso mismo, Shyamalan redescubre en El incidente aquello que dentro la serie B aún es digno de consideración. Como sucede en Los pájaros –un modelo de mejor fuste dentro del cine de terror–, su cinta convierte en vehículo expresivo la incertidumbre y los silencios de la trama.
El cineasta de Kerala toma de las gaviotas de Hitchcock y de los trífidos de Sekely otro factor poderoso: la inteligencia colectiva de unas criaturas cuyo comportamiento es más intolerable cuanto más se estudia. De ahí que ninguna hipótesis sea suficientemente absurda como para no buscarla a tientas.
onforme avanza la trama, ya nos hemos percatado de que una neurotoxina hace perder a los afectados su instinto de supervivencia. No importa: el verdadero problema es que para descubrir su origen nadie sabe si hay que llamar al Pentágono o a una facultad de Biología.
Por debajo de esta aproximación casi espontánea, laten las preocupaciones de la Nueva Era. Resulta obvio que Shyamalan es un hombre culto.
De ahí que, resistiéndose a cualquier categorización, maneje en su libreto muchas lecturas y referencias, que van desde Joseph Campbell hasta Clarissa Pinkola Estés.
En su cine, los cuentos de hadas y la psicología arquetípica funcionan como marco de referencia moral. Por eso el análisis de El incidente revela que, frente al depredador, sólo nos salva la inocencia. Parte del milagro consiste en que la muchacha virgen consigue amansar al unicornio, por feroz que éste sea.
Cuando le pregunto por esta cuestión, Shyamalan comenta las actitudes que aún adopta para afianzarse como narrador. “Verás –me dice–, ese concepto forma parte de mi personalidad. De niño, era conocido por mi inocencia. Todavía creía en la existencia de Papá Noel cuando mucha gente ya me veía demasiado mayor para eso. Y obviamente, mis películas reflejan el modo en el que me he criado. Como artista siempre te planteas una edad que quieres fijar como patrón creativo… Ser un niño otra vez, o retornar a los dieciocho años, cuando uno vive el primer amor. En mi caso, vuelvo a ese momento en el cual descubrí que el mundo no es tan mágico como parece. Por eso, en mis películas, la oscuridad rodea a los personajes, y me ayuda a poner de manifiesto que la inocencia está constantemente amenazada. Viene a ser una forma de creer en esa misma cualidad, y así trabajar sobre ella, como un músculo falto de ejercicio”.
e modo que la pandemia de El incidente también canaliza esos recuerdos medio enterrados que ya estaban presentes en El sexto sentido (1999), Señales (2000) o El bosque (2004), y que llegaron a su más acabada expresión en la incomprendida La joven del agua (2006).
No es casual que, en cada una de esas cintas, el resultado sea el mismo: gracias al miedo, afloran a la conciencia ciertas capas de la personalidad. Saberes necesarios para hablar en susurros, amar como niños y encontrar el camino secreto que nos conduce a un mundo subterráneo y protector.
De ser premeditada, y nada se opone a que lo sea, esa dimensión mitológica de la catástrofe es otro motivo para disfrutar de El incidente.
Como dice Stephen King, hay algo bueno en el hecho de que la gente todavía pueda, a pesar de todos los horrores reales que nos acechan, ser llevada al grito por algo ficticio.
A fin de cuentas, para eso sirve la varita mágica de la adrenalina. ¿Algo más? Pues sí. La suerte de que aún existan secretos en la noche, dignos de ser narrados con esa reconfortante convicción que en Shyamalan parece un rasgo genético.
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